La velocidad de los niños 2

12 diciembre 2012 at 08:13 1 comentario

Me siento escribiendo una saga, pero para tranquilidad de todos (incluida yo misma) espero que no llegue a ser nunca el caso. Lo cierto es que debo hacer justicia y hoy, un poco más de un mes después de la primera entrada relacionada con la velocidad de los niños (inspirada en buena parte por las dificultades que teníamos con Irene al comer), quiero compartir lo que parece haber sido una especie de fórmula mágica en nuestra casita, no infalible, por supuesto, pero sí acertada. Creo que gracias a ella Irene parece empezar a entender un poco más el tiempo… y los ritmos. 😉

La persistencia de la memoria” (o los relojes blandos), de Salvador Dalí (1931).

Y aunque suene a chiste, empiezo veloz (no sea que la pequeña se levante antes y yo tenga que dejar esto en puntos suspensivos).

Recapitulo rápidamente -jejjeje, me siento la antítesis de Despacio, la Fundación amiga de la que hablé en la entrada anterior-: Irene anda a otro ritmo, más libre de horarios y de limitaciones semejantes a las que relataba Cortázar en las instrucciones (y su preámbulo) para dar cuerda al reloj -que se encuentra, por cierto, en su Historias de cronopios y de famas.

Y aunque eso suene ideal racionalmente emocionalmente y yo misma extrañe, anhele y hasta intente vivir así, nuestro mundo occidental no se inventó el reloj de la nada y los horarios existen cuando menos para ir a una cita médica o una clase de ballet o bla, bla, bla. En mi corazón sigo abogando por intentar inscribirnos en los ritmos de los chiquitos, pero sentarse a diario 2 horas (tres veces al día) con tu pequeña en la mesa mientras esperas a que termine su comida puede resultar frustrante. Así que como lo habrán hecho en otros momentos algunos padres, busqué posibles armonías (no gratuitamente, un término musical) y, voilà, encontré una que parece funcionar en nuestro hogar.

Una amiga me dijo que una psicóloga le había recomendado explicarle a su hija (de ahora casi 5 años) con toda la naturalidad del mundo que cada cosa tiene su tiempo. En la práctica esto se concreta al decirle al chiquito al llegar a la mesa: “corazón, tienes 20 -cada uno calculará lo propio- minutos para comer. Si no terminas en ese tiempo, levantaré el plato de la mesa”. El tono, por supuesto, no es ni de amenaza ni de estrés ni de regaño, ni de nada. Es simplemente la afirmación de que hay un espacio y un tiempo para comer y que una vez pase habrá un espacio y un tiempo para algo más. La primera vez, por supuesto, Irene padeció no poder terminar su media-mañana (onces para los bogotanos, merienda para los demás) y me pidió que se la dejara (llantos) y etcétera. Era casi la hora del almuerzo así que le dije con besos y abrazos que ya había pasado el tiempo y que justamente por eso no se lo podía volver a dar; que pronto nos sentaríamos a almorzar, que sabía que ella me entendía y que yo me había equivocado antes al no saberle explicar a qué me refería cuando le decía que debía comer más pronto su comida. No dramaticé el asunto y lo reduje (o intenté hacerlo) a la instancia de un hecho: intenté explicarle en la práctica qué son los horarios y por qué tantas mañanas antes de salir a su clase de ballet terminábamos diciendo que íbamos a llegar tarde. Que no quería que eso volviera a ocurrirnos y que para ello había decidido avisarle cuánto tiempo teníamos para cada una de nuestras comidas, que de algún modo me había equivocado al no haberlo hecho antes. Quería que disfrutara su comida pero también todo lo demás.

No suena ideal, pero funcionó a rajatabla. Bueno, lo de rajatabla es relativo, por supuesto, porque nunca estoy mirando el reloj en realidad ni estoy pretendiendo que ella coma al mismo ritmo de nosotros, pero sí es un hecho que ese anuncio de tiempo hace que ella tome conciencia de que hay un ritmo particular que debemos seguir y que el anuncio, seguido de oraciones como “voy a comer como Angelina” (su bailarina ideal, que come cucharadas grandes y continuas para mantenerse fuerte), ha armonizado en todos los sentidos nuestras comidas: Irene come de un modo más consciente y nosotros podemos disfrutar de nuestros platos sin los consabidos “apúrate” de antes. Todos estamos más tranquilos y ella nunca más ha visto que su plato se aleje con comida de la mesa (excepto porque ella pida que así sea. Ya decía Carlos González que no hay que pelear con los niños por la comida -ni por nada ;)). Parece competitivo (inevitablemente más de una vez alguien le ha dicho “te voy a ganar”), pero creo que a la larga ha sido una manera amorosa -radical, en principio- de intentar enseñarle que el tiempo existe. Luego veremos cómo logramos que no se esclavice a su idea y que mantenga, junto a sus ritmos, libertad.

Yo siempre he pensado -y cierro con este inciso- que la inteligencia emocional ideal debe incluir un apartado que nos permita vivir en el mundo en relativa paz aunque a veces pensemos de un modo que parece estar en contravía de los demás (bueno, de la mayoría). Ser consciente del tiempo no implica ser su esclavo, sino saber que está allá y que será necesario recordarlo para algunas cosas de modo que sea posible, justamente, pararse enfrente suyo y vivir sin la idea de que se va a acabar. Pausarlo… aunque sea “imaginariamente” (Otra de las ventajas de no tener a Irene aún en escolarizada y de no tener de salir corriendo a trabajar).

Sé que ese mundo ideal no lo puede vivir casi nadie, pero ya es mucho cuento que pensemos o intemos acercanos a él, ¿verdad?

Y aunque parezca contradictorio, dejo aquí a mi gurú primero:

PD. No estaba perdida ni me había ido de parranda, anque sí debo historias de la bailarina de la casa. A ver si esta modorra cibernética se acaba. 😉

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  • 1. webcasts  |  11 octubre 2014 en 11:25

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    La velocidad de los niños 2 | La casita de Irene

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