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La velocidad de los niños

O el tiempo. No sé. Lo cierto es que hasta hace muy poco he logrado concretar algo que puede ser obvio para muchos: que los tiempos y la velocidad de papá y mamá son muy distintos a los de los niños y que cuando nosotros decimos rápido, el chiquito entiende algo distinto. No es tozudez, no es rebeldía, no son ganas de jorobar la vida. Es un asunto semántico y vital. Nada más. Así que la próxima vez que sienta que empieza a perder la paciencia porque su chiquito no reacciona al ritmo que usted espera, respire profundo y recuerde que él tardó40 semanas en formarse en su pancita… y luego más de un año en empezar a caminar y unos seis meses o más en probar alimentos “sólidos”. ¿Sigo con la lista? 😉

De hecho, esta “revelación” sobre la velocidad de los niños me ha dado espacio para darme cuenta también de por qué a nosotros nos cambia tanto la vida ser papás: llevó más de una semana con ella en la cabeza, pero eso que yo llamo modorra cibernética y que bien podría entenderse como una niña de tres años que quiere-estar-con-mamá-todo-el-tiempo-a-su-lado sin darle tiempo para respirar y mucho menos para sentarse a escribir entradas en su blog, se ha impuesto hasta hoy.

Y, por supuesto, como suele ocurrir cuando se tiene una idea dando vueltas en la cabeza, llegaron un par de pensamientos más que se unieron a ella y que ampliaron su forma. Las anexo para que cada quien se haga su propia idea:

  • La primera es una columna muy interesante y recomendada sobre la paradoja de la velocidad, escrita por el esposo de otro mamá bloguera (a quien extrañamos infinitamente, por cierto). Él dirige una organización llamada Despacio que intenta concretar en la vida cotidiana muchas de las ideas de lo que se ha denominado el movimiento Slow. Del tema ya hemos hablado acá, pero de las conclusiones actuales quizás no. Para simplificar voy a decir que la columna plantea desde una perspectiva un poco más relacionada con la movilidad el abismo semántico que hay entre la velocidad de los niños y la velocidad de los papás. Así diría (pegándome a la misma fábula usada en su texto por el señor Pardo) que mientras los niños son la tortuga, nosotros somos la liebre que intenta cocinar, comer, arreglar la casa, trabajar, pensar, comprar mercado, producir grandes ideas, hacer estupendos proyectos (un disfraz, un menú nuevo, un libro, etc, etc, etc)… todo mientras la feliz tortuga avanza sonriente por la vida disfrutando el camino (y sus días, por supuesto). ¿Quién, carajos, se inventó los horarios? Realmente tardarse una hora en comer la cena no debería ser problemático, sobre todo si lo que implica es un tiempo en familia, conversado (evítese el “come rápido que debo ___”) y gozado hasta (literalmente) la saciedad.
  • La segunda, una oración que encontré casualmente hoy en Familia Libre, sin otra referencia que la de su autora, pero que bien entra dentro de esta sarta de cosas que hoy incluyo acá. Dice: “El embarazo es básicamente un tiempo de espera. Mientras el niño activamente crece, necesita que la madre tranquilamente se detenga” (Laura Gutman).

En síntesis, quería compartir una obviedad que suele pasarnos de largo y que, cuando aparece, solemos reducir a una idea de “lentitud” asociada a los niños, satanizada y padecida diariamente por sus papás. Yo, particularmente, estoy harta de pasarme los minutos de mis comidas diciéndole a Irene que si no termina pronto se va a quedar solita (recordé que había vivido la misma escena millones de veces en sentido opuesto cuando estaba pequeña y era yo quien se tardaba horas enteras en la mesa). He decidido, en su lugar, intentar adaptarme al ritmo de la pequeña o encontrar no sé qué alternativas de “movilidad” que nos ayuden a conciliar un poco las diferencias. Es increíble cómo algo tan simple puede terminar -si lo dejamos- por arruinarnos un poco el rato… y mucho más si pensamos que al final del cuento la liebre es la que pierde la carrera…

(…) Se entretiene con cualquier cosa,
menos con la apuesta. Al final, cuando ve
que la otra tocaba casi la meta,
parte como una flecha; pero los impulsos hechos
fueron vanos: la tortuga llegó de primera.

¿Alguna idea, algún consejo? Creo que todos deberíamos vivir en el tiempo de los niños, o en su velocidad. Ojalá logré superarme a mí misma para hacerlo 😉

Un abrazo.

8 noviembre 2012 at 05:33 7 comentarios


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