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Del demonio de Tasmania o las discusiones varias de una niña que ronda los tres años

… O los dos o los cuatro.

Siguen pasando las semanas y no logro escribir palabras en esta casa, en parte por lo que anuncia el título de esta entrada (y en parte porque he vuelto a rutinas olvidadas antes y porque me he inventado nuevas, apenas descubiertas). Así que no voy a escribir un tratado: haré un ensayo. La razón: porque básicamente creo que éste no es un tema finito y que lo único que puede hacerse al respecto es sobrellevarlo divangando. Obviamente, aclaro, no creo que escribiera tratados antes, ni mucho menos, pero sí reconozco -como develó Nuria recientemente, en su hogar- que tengo un vicio aprendido y de oficio a perfeccionar, documentar, apoyar, confrontar… sobre todo lo escrito. Si hasta he despotricado de ese género que pretende sentar bases de verdad sin consultar, apropiándose lo que otros dicen,bla,bla. Pero he de asumir ahora un poco de realidad: nuestra chiquita entró en un período que no da tiempo para exposiciones doctas; en su lugar, por mucho, puedo divagar. Así que empiezo. Son bienvenidos (reclamados a gritos, casi) los consejos.

[Insértese aquí un suspiro] Irene no para de mandar. Y tampoco para de cambiar de opinión a cada segundo. Pasó de ser la chiquita conciliadora la mayor parte del tiempo a ser la niña contradictoria que no sabe qué quiere, qué busca ni a dónde va. [Insertar otro suspiro] Está a menos de dos semanas de cumplir los tres años y esta mamá (y este papá que habla también a través mío) se formula miles de preguntas por segundo, intentando explicar las causas de estos repentinos ataques de inconformidad de la chiquita. La única respuesta que más o menos me convence (pero que realmente no minimiza los episodios demoníacos en casa) es que es un asunto de edad.

Sin embargo, después de ese desahogo, debo hacer justicia: no pasa todos los días ni a toda hora; los “no me entiendo, no sé qué quiero, no me pregunten, no te quedes en silencio ni te vayas de mi lado” vienen y van. Eso sí, he comprobado que se incrementan una vez aparece el primero, que no es fácil lidiar con ellos, que colman la paciencia, que estresan, que si te descuidas sacan a su vez el demonio que llevas dentro y que casi siempre, si no les paras muchas bolas o simplemente dejas que la frustración aflore libremente, terminan por pasar. Quien peor lleva el cuento es la misma chiquita, que entiende menos que nosotros, seguro. ¿Pero… cómo le explico, cómo la consuelo, cómo la controlo sin controlar? Con razón no vienen con manual de instrucciones: creo que ni el más sabio de los sabios es capaz de sacar un ABC para padres que se pueda estandarizar.

Hablar de conclusiones, en cualquier caso, es prematuro. Pero es inevitable tener una sarta de pensamientos al respecto. Para empezar, puedo decir que esto debe ser lo que llaman los terribles dos, los terribles tres, los terribles cuatro y los terribles cinco. Para seguir, puedo agregar que aunque no soy psicóloga algún leve impulso en mi cerebro me dice (no sé si sea un arquetipo de esos que hablaba Jung o el vago recuerdo de algo leído quién sabe dónde, cuándo y cómo) que este proceso debe hacer parte de eso que llaman formación del carácter y la personalidad (que nunca he logrado entender la diferencia entre ambos. Si alguien la sabe, que, por favor, nos ilustre al resto de los mortales). Y para terminar, puedo señalar que -al igual que ocurre con los tales demonios de Tasmania [Sarcophilus harrisii, para que si hay algún biólogo por acá tenga chance de ir más allá del Taz de los muñequitos]- sospecho que este comportamiento puede empeorar en grupo y aunque he llegado incluso a pensar que sería bueno considerar que Irene fuera por fin al “colegio” (léase guardería por su edad), rápidamente he soportado la tentación a sucumbir al camino simple concluyendo que si esto hace parte de su desarrollo quizás es más sensato acompañarla a sobrellevarlo en casa, con adultos que sí podemos pensar y controlar sus impulsos. Seguramente llegará el día de enfrentarse a ellos en sociedad, pero seguimos convencidos de que lo natural es que su formación escolar llegue por allá a los cinco o seis años, como sugieren varios estudios mencionados antes acá.

Resumen: hemos sobrevivido, pero estos últimos meses han sido un verdadero aprendizaje para todos. No menospreciaré, ni mucho menos, lo que hemos crecido en los primeros años de ser padres, pero aseguro que la experiencia actual (que incluye en Irene independencia, juegos solitos e imaginarios, palabras que pueden explicar o al menos intentar expresar emociones, sentimientos y situaciones) sobrepasa en exigencia y reto cualquier etapa anterior de ma-paternidad. Nuestra hija es un cielo inmenso, adorable, amorosa, comprensiva, inteligente, dulce… pero tiene explosiones repentinas, emocionales, pero finitas (por cierto, asociadas con una falta de concentración total en sus comidas y, ahora, la introducción de un “pollo” del que hablaré otro día, visitante que ha logrado reenfocar, espontáneamente, algunas de esas circunstancias que antes nos daban discusiones, gruñidos y mal resto de días).

Espero tener en el futuro más paciencia y mejores noticias. Abrazos para todos desde la que parece Australia,

A. [Insértese suspiro final de esta madrecita]

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25 julio 2012 at 10:38 8 comentarios


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