De lo que hemos pensado cuando nos preguntamos cómo queremos educar a nuestra hija… y unas cuantas ideas más

2 junio 2012 at 12:50 8 comentarios

No sé si sean los años o la vida o todo este proceso de aprendizaje que nos ha llegado de la mano de ser papás, pero una de las cosas que más pensamos desde la llegada de nuestra chiquita es cómo queremos educarla. Eso va más allá -por cierto- de todo lo que hemos dicho sobre escuela en casa. De hecho, creo que se antepone a ello y hace que esa opción o cualquier otra (que implica mucho más que colegio) sea en realidad una consecuencia de una gran maraña de pensamientos relacionados con la vida que queremos para Irene, el tipo de persona que soñamos que sea y las herramientas (perdón por la palabra, no se me ha ocurrido otra más precisa) que creemos que pueden ayudarla a ser feliz, amarse y respetarse y hacer lo mismo con los demás. Aquí van parte de nuestros pensamientos y algunas de nuestras conclusiones al respecto.

Más que tener un hijo -en el sentido práctico: es decir, médico, económico y hasta social-, el compromiso más grande que se adquiere al ser papás es lograr que ese chiquito sea una mejor versión de nosotros mismos e, incluso, que llegue a ser ese hombre ideal (feliz, seguro, capaz de vivir tranquilo y estar en armonía con otras personas y con la naturaleza, y sensato y sensible y respetuoso, como base de su propio reconocimiento, de su derecho y el derecho de los demás).

En ese intento, todos apostamos por una vida y una educación distintas, algunos conscientemente y otros sin darse cuenta, siguiendo quizás el modelo aprendido de sus familia o de su sociedad. Y sea uno u otro el caso, está visto que los niños son esponjas y que en el futuro serán, en buena parte, producto de su experiencia vital: en primera instancia como hijos y en segunda como miembros de un grupo más grande que pasa por la familia extendida, para asentarse en el colegio, la iglesia -si la tiene-, su grupo de vecinos y, finalmente, su ciudad.

Lo que queremos para Irene

Nosotros hacemos parte del primer grupo, aunque nuestras decisiones las tomemos justamente en respuesta (afirmativa o negativa) al modelo circundante occidental. Y aclaro que no pretendemos prefijar la vida de nuestra hija (con ideas del tipo “tiene que ser esto o lo otro o lo del más allá” -en la época de nuestros bisabuelos, para no ir más lejos, se daba por sentado, por ejemplo, que cada familia debía darle al menos un hijo a la Iglesia… postura que empieza a revelar con lo que nos podemos topar). Simplemente queremos superar nuestras propias ausencias y limitaciones para que, si es posible, ella tenga una vida más plena (¿se podrá?).

Desde esa perspectiva, por ejemplo, queremos ser unos padres presentes, sin afanes de dinero o status como pareciera que grita a todo pulmón el modelo capitalista en el que vivimos. Queremos también una vida sencilla, no carente de comodidades (no vivo en un árbol, para sorpresa de algunos ;)) pero sí respetuosa con el medio ambiente y lo más cerca a la naturaleza que nuestro entorno nos permita. Aspiramos, además, a brindarle una educación humanista, laica, que le enseñe a vivir libremente sin necesidad de etiquetas (del tipo que quieran). Sabemos que no estamos exentos nosotros mismos de prejuicios, pero intentamos que ella crezca con la libertad de opinar distinto y pensar (sobre todo esto) y cuestionar. Intentamos, finalmente, educar a una niña que no se sienta de espaldas al mundo, pero que sea capaz de moverse por sí misma, en una dirección que ella misma elija con base en su sensibilidad: sin agredirse ni agredir a nadie. Sabemos que no es fácil, pero contamos con la ventaja de que sentimos que la vida que tenga (especialmente durante estos primeros años) será definitiva y decidimos, en consecuencia, actuar conscientemente en pro de ese gran ideal.

Hasta aquí esbozo una idea general que puede ser suficiente. Me adentro con las decisiones particulares que hemos tomado, a sabiendas de que serían otras si nosotros mismos fuéramos otros y otro fuera nuestro contexto. Preciso con ello que no pretendo sentar las bases de ninguna educación ideal y que pienso que cada familia debe tomar sus propias decisiones. Eso sí, hoy me siento tranquila con lo que vislumbramos, quizás en parte porque pienso en cualquier caso que una de las cosas más lindas que tenemos como seres humanos es nuestra mutabilidad: cambiamos con los años, con las experiencias, con el tiempo, con el clima, con la luna… Eso hace que el mundo y nuestras vidas sean universos complejos y diversos. Así que aunque pueda leerse, nada está escrito de modo definitivo. Será decisión de cada uno saltar a los párrafos siguientes y opinar. 🙂

Nuestras decisiones prácticas para lograrlo

Ya he hablado de la escuela en casa, pero confieso que cuando hablo de ella me refiero, en primer lugar, a un ideal deseable que cada familia verá si puede o no concretar. No sé si nos decantemos en el futuro por ella, pero sí hemos decidido -en parte como consecuencia de todo lo que creemos que la valida- no escolarizar ahora a Irene y hacerlo, si es el caso, sólo a los 5 o 6 años de edad. ¿Las razones? Los links adjuntos exponen buena parte de ellas (verificadas con creces en la experiencia), pero pueden resumirse justamente en intentar educar a nuestra chiquita en un ambiente que le permita desarrollarse una idea de sí misma en libertad (acompañada de quienes serán sus referentes toda la vida: mamá y papá).

Ahora: queremos que Irene crezca al máximo en casa, libre, tranquila, sensata, pero si pensamos en colegios tenemos clarísimo que buscaríamos uno de formación laica y humanista para nuestra hija. Y preferentemente mixta (es decir, no sólo de niñas). Yo, que crecí en un colegio de monjas, no he sido infeliz por culpa de ello, pero reconozco en la educación religiosa cierta represión y negación de la vida que me ha costado sacudirme de encima. Hablo de la religión católica, pero creo que la afirmación es en buena parte válida para cualquier filiación similar. Admiro y respeto a los que piensan distinto, pero culturalmente creo que las religiones más que sustento moral han sido baluartes políticos y sociales (que se mantienen para garantizar una cierta hegemonía económica, por ejemplo). En su lugar, prefiero una fundamentación de valores que partan del respeto, de la intuición (el buen sentido común) y el derecho (no amañado por esa misma hegemonía de la que hablaba arriba, pero si un niño crece con la libertad de pensar creo que debe ser capaz de cuestionar hasta eso).

Y de ahí se desprenden un montón de cosas más: la idea de género, por ejemplo, y la de belleza (de ahí la ilustración con la que arranca este texto) y la sexualidad. Seguramente me quedarán cosas entre el tintero, pero intento plantearlas porque están relacionadas, porque nuestra niña es mujer y porque como tal tiene (tenemos) una carga terrible que nos impone soterradamente nuestra sociedad.

Mi educación de monjas me dejó, por ejemplo, un distanciamiento del cuerpo que sólo logré sacudirme cuando conocí otras culturas, cuando estudié (profesionalmente), cuando me emancipé de mi hogar materno y paterno y cuando me convertí en mamá. Mi madre, por ejemplo, también educada por monjas, sufrió con la idea de “hay que cuidarse el fundamento” (adivinen qué telita del cuerpo era eso) y seguramente siguió a pie juntillas la instrucción del médico de no amamantar porque aprendió y heredó un temor al cuerpo y un respeto a la autoridad (médica en este caso) fundamentales. Irene, en cambio, es una niña que tomó hasta los dos años y medio leche de mi pecho y que tiene, creo que por ello, un acercamiento distinto a su feminidad. Cada vez que me baño con ella (que es todos los días) toma con sus manos mis “titas” y se refiere a ellas con una felicidad y espontaneidad tal que deseo lo mismo para cualquier hijo y cualquier papá.

En términos de género el tema es un poco más complejo, pues por cuenta del modelo de mujer y de belleza que se nos plantea, más la información que heredamos culturalmente (en Occidente), las mujeres decidimos seguir el juego y volvernos mujeres de mentira (una práctica MUY asentada en nuestra ciudad) o le damos la espalda negando nuestra belleza y nuestra feminidad. Esto tiene por cualquier lado terribles consecuencias. Para ilustrar el primero recomiendo este artículo y para el segundo uno más que encontré por acá.

Otra decisión importante: no ver televisión y vivir más la vida en tres dimensiones (no de pantalla táctil, sino de carne y hueso… y vida al aire libre, palpitante, real). Esto tiene consecuencias inmediatas en el desarrollo actual de Irene (es una niña sensible, atenta, concentrada, muy social) y creo que también en el futuro (no está mediada por una idea de consumo desmedido o de prototipos admitidos socialmente -blanco, alto, rubio, extranjero, delgado, joven, bla, bla-, tan propia de la publicidad).

Le bajo el tono al asunto porque no quiero irme por las ramas ni creo tampoco en discursos absolutistas, pero quiero enfatizar que ese tipo de decisiones -conscientes o inconscientes- determinan en buena parte el futuro de nuestros chiquitos. Para el efecto, todas estas perspectivas se relacionan y apuntan a lo difícil que es educar en libertad. Temas como la religión, la sexualidad, la raza, la nacionalidad, la política y hasta la estética pasan por decisiones simples como estas (y por el ejemplo, claro: como papás somos un modelo y los niños son nuestros espejos). Así que bienvenidas estas preguntas y todas las reflexiones que podamos sacar (sospecho que este tema, con todo y lo largo que fue este texto, da para mucho más).

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Entry filed under: Crianza, Desarrollo, Desarrollo emocional, Desarrollo intelectual, Educación, En nuestra casita, Maternidad. Tags: .

¡Mira quién habla! (o las conversaciones, larguísimas y cantadas, de Irene con sus juguetes) Sin castigos

8 comentarios Add your own

  • 1. Nadia  |  2 junio 2012 en 14:05

    cómo me encanta leerte! algún día les daré un abrazo

    Responder
  • 2. azulitoclaro  |  2 junio 2012 en 14:36

    😉 Yo también quiero y espero eso. Abracitos desde acá.

    Responder
  • 3. Maribel  |  2 junio 2012 en 16:05

    Veo que lo tenéis muy claro.

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  • 4. Náhuatl Vargas  |  2 junio 2012 en 18:40

    Un abrazo, interesantes relfexiones.

    Responder
  • 5. Sin castigos « La casita de Irene  |  4 junio 2012 en 11:03

    […] encontré esta idea maravillosa que me recordó cada uno de los pensamientos que compartí en esta casita la última vez. Tengo un post pendiente sobre la disciplina en casa, el continuum y unas cuantas cosas más. Vamos […]

    Responder
  • 6. María José  |  5 junio 2012 en 08:52

    Creo que todos buscamos eso para nuestros hijos, que sean felices. Seguramente Irene lo conseguirá porque tiene unos papás que la quieren, la respetan y cuidan de ella a la perfección.

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  • 7. Victoria  |  12 junio 2012 en 21:59

    Azul querida, hola. Te leo manana, pero una no se puede ir, asi como asi, despues de haber leido un primer parrafo tan motivador. Como da de gusto encontrar gente sintonizada en el mismo canal de uno, para que despues no digan, como Chespirito, que es que estamos locas 🙂
    Buena noche!

    Responder
  • […] algunos meses escribí un texto sobre las inquietudes que rondan ese modelo ideal de educación (léase formación del indi…. Hoy doy puntadas en la misma línea compartiendo una serie de reflexiones que nos han acompañado […]

    Responder

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