Después del embarazo, ¿se van los kilos de más?

10 mayo 2012 at 11:25 10 comentarios

Quizás por el tiempo en el que vivimos y por la absurda presión (publicitaria, mediática, farandulera) que ronda el cuerpo femenino, una de las entradas con más visitas en la historia de este blog es “Cuestión de peso: ¿durante el embarazo cuánto se debe aumentar?”, un texto sincero que redacté con Irene en mi interior, justo cuando oía miles de versiones sobre ello. Recuerdo que terminé escribiéndolo tras una cita de control (de las de mi seguridad social) en la que la médica -que apenas me conocía- casi me saca los ojos por el aumento de peso que había tenido en el sexto mes de gestación. Hoy –cuando siento realmente que se ha cerrado el ciclo- quiero darle continuidad al tema, mostrando mi otro lado de la moneda.

Naujagimio akimis

Imagen de c r z.

Anticipo que parto de la base de que cada cuerpo es distinto y de que el ritmo de vida que llevamos puede tener mucho que ver con la evolución del peso durante y después del embarazo. Del mismo modo, creo -como lo señalé también en esa entrada precedente- que es fundamental cuidar nuestra nutrición y salud y que la mejor manera de hacerlo es consultando a un especialista que pueda darnos las recomendaciones apropiadas para nuestra rutina y nuestro cuerpo. Obviamente, eso no exime el sentido común: lo diga un nutricionista o no, nadie pensará que hacer una dieta restrictiva durante la lactancia o que sentarse -como lo recomendaban las abuelas- los cuarenta días de la dieta postparto a comerse una gallina por día sea bueno para la salud y el peso de una mamá.

¿Sólo números?

Durante el embarazo de Irene aumenté en total 17 kilos: 3.320 gramos eran del cuerpecito de nuestra hija, el resto eran placenta, líquido amníotico, grasa de reserva, leche y cuerpo -de 1.70 mts- de mamá. Tanto a lo largo del embarazo como durante los meses posteriores (unos 12 más o menos) hice un seguimiento de mi peso con una nutricionista que, sin cambiarme sustancialmente mi rutina -en casita somos bastante ordenados y sanos con nuestras comidas-, me indicó cuáles alimentos eran prioritarios en esos momentos.

Quince días después del parto había reducido buena parte de la coqueta barriguita materna y me lancé a la compra de una faja postparto (que no había podido ni cerrarme una semana antes). ¿Funciona o no? No puedo asegurarlo. Nosotros la compramos tras la recomendación de la médica de nuestros controles postpartos, pues según ella en esas primeras semanas los músculos y la grasa están más flojos y la faja ayuda a devolver todo al orden anterior. Conozco la versión contraria que señala que si la usamos el cuerpo no desarrolla el tono requerido, pues se apoya en el envoltorio (bastante incómodo, por cierto) en lugar de en sí mismo. En mi caso, cuando menos me ayudó a verme un poco menos redonda, pero hoy, con las evidencias posteriores, creo que la dejaría guardada en un cajón. Dejé de usarla tras algunas semanas porque sentí que mi cuerpo seguiría su proceso solito… y la verdad es que así, lentamente, pasó.

Amamantar y criar

Una de las cosas más importantes del peso ganado tras el parto es que constituye -como me lo decía mi nutricionista- una reserva para los meses de crianza y amamantamiento del bebé. Claro, eso se cumple si pensamos en los ciclos normales de la naturaleza, que no piensa en retorno al mundo laboral a los tres meses ni en dietas restrictivas “para recuperar la línea” antes de seis meses postalumbramiento. En nuestro caso, esas montañitas que se instalaron en mi cintura sirvieron sin duda para la lechita que por dos años y ocho meses (recién hemos parado) acompañó la vida de Irene y fueron reduciéndose naturalmente, sin dietas ni ejercicio aeróbico, hasta desaparecer pasados 24 meses.

Mi cuerpo, no obstante, no es el mismo. Y aunque también hay un proceso de reconocimiento que toma su tiempo, debo decir que me siento orgullosa de lo vivido. Me salieron estrias las últimas semanas del embarazo, con lo que mi vientre alrededor de mi ombligo quedó flojito, y mi barriga, antes plana y firme, ahora tiene una pequeña hendidura (con una mini protuberancia en la parte baja) que, dicen, se debe a los cambios internos de mi útero. Mi pecho ha vuelto a su tamaño original, con un sutil cambio en sus formas que lo hace ver ahora un poco más caído (nada sustancial para unos pechos breves). Mis organos reproductivos ahora son (o parecen) más amplios y profundos y creo que mi cadera es un poco más ancha. Finito.

¿Secuelas negativas? Una pequeña molestia en mi espalda baja… que se solucionó casi totalmente tras mis clases de danza. Nunca consideré hacer la clásica rutina asociada al ejercicio (no me veía saltando o alzando peso en un gimnasio), pero sí sentí que necesitaba recuperar movilidad y la sensación de que estaba otra vez de vuelta en mis huesos y mis músculos. Busqué, por tanto, mi danza… ¡y cómo lamento no haberla encontrado antes! Hoy, si tuviera otro hijo, no quisiera abandonarla ni un segundo (He llegado a entender y hasta a envidiar el sentido que tiene la danza en otras culturas, como la árabe, en las que las mujeres se juntan para conectarse con su cuepo y bailar).

El no peso de la felicidad

Ése es quizás mi gran aprendizaje después de todo este proceso (y lo que dará respuesta a la pregunta del título). Mi peso ha vuelto al punto de partida antes de alojar a Irene, meses después de que sus formas se asemejaran a mi cuerpo pre-mamá. Había 5 kilos rezagados tras el parto que no sé cuándo desaparecieron totalmente; creo que al menos tres se fueron antes de que dejara entrar la música en mi cuerpo, el resto se esfumó como por arte de magia cuando reconocí otra vez cadencias y movimientos. Pero más que volver a mi peso, recuperar el otro lado de mi ser femenino (coqueto, sexual, desenfrenado) -oculto tras ese otro devoto-sensual-maravilloso también femenino pero materno- ha sido el cierre más satisfactorio de este tiempo. Hacerlo, además, con una chiquita que disfruta  su vez de un baile elemental y hermoso no tiene precio.

Los kilos de más se van, sobretodo si logramos mantenernos conectados con nuestro cuerpo (eso incluye el amantamiento como un método efectivísimo para volver a nuestras formas y perder peso). La naturaleza hace lo propio; nosotros sólo debemos alimentar el espíritu sana y responsablemente, con amor, delicias y sentido, tanto como nuestro organismo. Bailar, saltar, jugar, disfrutar de la vida en movimiento es una buena manera de hacerlo… Al menos en esta casa: la danza nos ha devuelto a un mismo tiempo la conexión con la tierra y el cielo. ¡Seguimos bailando!

[Hemos tardado en volver, pero aquí estamos -y otra vez con aliento largo- de nuevo. Un beso]

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“Rápido, rápido” ¡Mira quién habla! (o las conversaciones, larguísimas y cantadas, de Irene con sus juguetes)

10 comentarios Add your own

  • 1. Náhuatl Vargas  |  10 mayo 2012 en 11:58

    Yo creo que nunca no volvemos, o eso creía, no todas volvemos. Yo, como soy madre soltera, no tengo el espacio de ir a hacer alguna clase fuera de casa, o tendría que dejar a mi hijo con personas en las que no confía totalmente y comprometerlo emocional, educativamente.

    Yo empecé con 42 kilos el embarazo, en los primeros 3 meses perdí dos y al final de embarazo pesaba 49. A los quince días de nacido él yo ya pesaba otra vez 42. Pero aún tenía panza, esot duró mucho meses y se fue reduciendo con la lactancia, que interrumpí a los 15 meses, cediendo a las presiones sociales y a mi propio cansancio.

    Después volví a ganar peso, hoy peso 56, más que al final de mi embarazo, no luzco obesa, pero me siento gorda.

    Un cambio que me parece notable y escuchado en varias mujeres es que las costillas se ensanchan, preparándose, imagino, para alojar más bebés.

    Sólo quiero dejar claro que muchas mujeres no recuperarán su peso o su forma nunca y hemos de encontrar una manera de querer nuestro cuerpo como es.

    Responder
  • 2. azulitoclaro  |  10 mayo 2012 en 12:04

    Estoy de acuerdo contigo, totalmente. Es decir: el tema no es tanto el peso (que a fin de cuentas es un número) sino de satisfacción que sentimos frente a nuestro cuerpo. Eso es lo que ahora siento… y no porque coincida con el peso.
    😉
    Saluditos.

    Responder
  • 3. LaMamáViajera  |  11 mayo 2012 en 00:50

    Yo simplemente no he bajado NADA de peso
    ahora empezé a hacer dieta a ver si acaso, y eso que sigo dando la teta !!!!!

    Ni modo, me toca el camino difícil

    Bien por volver a escribir!!!!!

    Responder
  • 4. Nuria  |  11 mayo 2012 en 00:51

    No se si quedó mi anterior comentario??

    Responder
  • 5. Nuria  |  11 mayo 2012 en 00:53

    OK te decía que yo simplemente NO BAJÉ NADA!!! es terrible, y eso que sigo dando de mamar.
    Es un asunto de matabolismos, ahora ando a dieta a ver si acaso

    Que dicha que escribes de nuevo, vamos adelante!!!!

    Responder
  • 6. Yarim Gomez  |  11 mayo 2012 en 01:27

    Yo, aunque amo haber sido mamá, no recuperé mi cuerpo anterior, que lógicamente que cambió por el embarazo. Antes de ser mamá me sentía gorda y si veo mis fotos de entonces, creo que estaba re bien. Ahora la verdad es que no me gusta mucho ver mi imagen, mi ropa me queda toda rara aunque tenga ya la misma talla que antes, etc… quedé ancha y ni se diga la panza, flacidez y estrías 😦

    Fácilmente tendría que bajar unos 10 kilos para sentirme a gusto, pero se me hace dificil lograrlo… Yo recuperé mucho de mi cuerpo anterior con mis 22 meses de lactancia pero después siento que empecé a subir de nuevo.

    En fin, creo que como dice Náhuatl, es bien dificil reconciliarse con el cuerpo y la imagen de una misma, independientemente de que sabes que es porque diste vida a alguien…

    Responder
  • 7. Leo  |  11 mayo 2012 en 09:32

    Pues yo la verdad es que no me he controlado mucho el peso en ninguno de los embarazos (aunque sí en las revisiones ginecológicas) pero porque yo he tomado siempre lo justito, unos 9-10 kg que por suerte perdí rápidamente. Ahora además tengo hipertiroidismo, con lo cual no aumento nada de peso aunque coma como un dinosaurio 🙂

    Responder
  • 8. María José  |  11 mayo 2012 en 09:36

    Obviamente el comentario anterior es mío 😉

    Responder
  • 9. Victoria  |  11 mayo 2012 en 20:08

    Como tu dices, la naturaleza hace lo propio. Sea eso, lo que sea. Nunca habia pensado, leido, investigado, que parte de los kilos que uno gana durante el embarazo, fueran una reserva para la crianza. Tiene mucho sentido. Yo tambien he recuperado el otro lado de mi ser femenino. Tu lo dijiste, y me encantaron tus palabras: la naturaleza hace lo propio. Buen fin de semana! Punto y aparte:
    Dos cosas importantes: darme la receta de la miel y, contarme de los libros.

    Responder
  • 10. laura garcia  |  11 julio 2014 en 16:04

    Yo las probé las fajas post parto cuando tuve a mi hija, y la verdad que me fue muy bien. Lo recomiendo

    Responder

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