Menos cosas, más felicidad: lo que comemos (y los cambios que hemos hecho al respecto)

19 marzo 2011 at 09:27 4 comentarios

Pensé en titular esta entrada “Somos lo que comemos”, pero me di cuenta de que si lo hacía, debía centrarme un poco en las razones de por qué comemos de un modo y no de otro, más que en los cambios que hemos hecho en los últimos meses en nuestra lista de mercado (algunos de los primeros están aquí). Y aunque haré un poco las dos cosas, quiero darle continuidad a las primeras entradas de Simple Living que escribimos en esta casita y que fueron el inicio del giro consciente y voluntario de muchos hábitos de nuestra familia que buscan más salud y bienestar individual y colectivo, opciones respetuosas con el medio ambiente, con nuestro cuerpo y con la vida que debemos proteger dentro y fuera de ellos. Así que el listado de lo que comemos y sus razones están aquí.


Imagen tomada del maravilloso blog Unearthing this Life, de Jennifer Pack.

Sé que mucha de la información que voy a compartir puede parecer extrema, pero creo que cuando te permites pensar un poco más lo que vas a meter en tu boca lo que parece exagerado se convierte en racional y práctico. Ya hablé en otra ocasión del documental francés Nuestros hijos nos acusarán y algunas de las razones por las que queríamos optar por una alimentación orgánica. Hoy voy contarles cómo lo estamos logrando. Nuestra huerta -que será proveedora en el futuro de nuestra mesa- aún no nos permite consumir nuestros productos (está creciendo), pero una tienda vecina orgánica (a la que voy andando, feliz) y nuestro vecino de huerta (también orgánico) sí que nos ayudan en el proceso.

No noto cambios en el sabor de los alimentos (al menos sustanciales), pero sí un gusto especial (que no sé si deba a sus sabores o a la tranquilidad de comer menos químicos). Sé que no puedo estar segura al cien por ciento de lo que como, pero hacer estos pequeños cambios y escogencias debe dar un porcentaje mayor de salud y bienestar. Aquí van nuestros nuevos cambios (y algunas de las razones para hacerlos). ¡Ah! Y contrario a lo que se piensa, el presupuesto no sufre una cantidad.

Cambios en nuestros alimentos

  • Panela y miel, en lugar de azúcar o dulce. Estoy comprando azúcar orgánico (aunque no endulzamos la mayor parte de lo que comemos), pero cada vez me inclino más a decantarme definitivamente por panela (dulce de caña de azúcar) y miel orgánicas (de hecho ya las consumimos, pero estoy pensando en eliminar el azúcar de plano). Si quieren conocer algunas razones para hacerlo, les recomiendo leer esto.
  • Mantequilla. Me había inclinado por margarina (de canola o soya) por recomendación de mi nutricionista, pero después de leer (y pensar) sobre la forma como se producen las margarinas (y, sobre todo, con qué granos -no orgánicos, modificados genéticamente, de desecho- se hacen), decidí definitivamente volver a la grasa de la leche de vaca. Es más, recuerdo la receta casera para preparar la mantequilla que alguna vez compartió Nahúatl en su blog y me dan ganas de intentarlo. Por lo pronto, prefiero las grasas animales y no los químicos de la soya y la canola. Quizás haya un mayor riesgo a infartos (dicen), pero prefiero morir de golpe que de cáncer, envenenado.
  • Verduras, hortalizas y frutas orgánicas. Ya no hay medias tintas (bueno, casi): estoy haciendo toda nuestra compra verde en una tienda de productos orgánicos. Sé que en Colombia no existe una regulación seria con respecto a qué es y qué no es orgánico, pero estoy segura de que son productos más confiables y cuidados que otros que ni siquiera tienen el título. Mi tienda se surte de las zonas rurales de la ciudad, con lo que además apoyamos con nuestra compra a pequeños campesinos. Le devolvemos un poco de verde a la tierra y de la damos más salud a nuestro organismo. Me han encantado, por cierto, los textos de Jennifer Pack, de Unearthing this Life sobre por qué escojo orgánico (1, 2 y 3. Están en inglés, pero ahora es muy fácil leerlo aunque no lo sepas: Google Translate hace magia en internet 😉
  • No más alimentos procesados. Me falta reemplazar la granola y los calditos de sustancia de pollo o carne (que usamos en lugar de sal para las sopas y carnes), pero creo que voy a eliminarlos definitivamente y a condimentar naturalmente todo lo que preparamos (también puede hacer cubitos congelados de caldo en casa… con pollo orgánico). En cualquier caso, la lógica es simple: si cambiamos nuestros ingredientes básicos (verduras, frutas,…) por productos orgánicos, pero continuamos consumiendo alimentos procesados que no lo hacen (salsas, mermeladas, chucherías, pastas,…), dejamos pendiente un área que bien podríamos cubrir. Lo hicimos ya con la pasta de tomate, con la mermelada (ahora es orgánica), con los chuches (que casi no consumimos, sólo comprábamos soplados de maíz y arroz artesanales que terminaba comiendo más mamá), con algunos condimentos (que antes comprábamos deshidratados, ahora son orgánicos),… No recuerdo más.
  • Carne de granja. Hemos incrementado el consumo de conejo y pollo (ambos de nuestra tienda de orgánicos) con unos resultados maravilloso. También incrementamos el consumo de pescados (aunque debo investigar mejor su procedencia para no incrementar los niveles de mercurio que comemos) y disminuimos el de carnes rojas. No pienso hacerlo definitivamente porque sé que en nuestro país la producción de ganado vacuno no es estabulizado (de establo), sino extensivo (en grandes potreros de pastos en los que se mueven a su antojo). No es muy positivo en términos de conservación de bosques y en relación con las semillas que se utilizan para los pastos (probablemente modificadas genéticamente), pero es menos dañino que lo otro. Aspiro a inclinar la balanza en el futuro más hacia las primeras opciones (por cierto, el mito de que el conejo -que me daba una tristeza infinita comer- era una carne dura es falso. ¡Hemos encontrado unas recetas estupendas! -al chilindrón, a la valdiviana,…-, que sólo nos piden marinar un poco la carne en yerbas con agua y vinagre. Y desde entonces me pregunto: ¿cómo no lo habíamos hecho antes?).
  • Huevos y quesos orgánicos. De nuestra tienda vecina. Quizás sean más pequeños, pero son más amarillosos, sabrosos, cremosos y saludables.
  • Arepas en lugar del pan. He hecho mi intento de pan casero con casi ningún éxito. Quizás buena parte del fracaso se le deba al horno que tengo… o mi no capacidad con las harinas. Haré un intento luego. Por lo pronto, nuestra opción será mayoritariamente la típica de nuestra región: arepas caseras de maíz apilado -blanco, amarillo, de mote, de chócolo. Son económicas y naturales. No sé si termine por pensar en prepararlas en casa -tendría que encontrar un maíz confiable-, pero por ahora ésa es nuestra opción.

Ahora, supongo que muchos se preguntan si estos cambios no alteran de manera considerable nuestro presupuesto. La verdad es que no: como casi todos los productos no son procesados, se eliminan costos; además de que sé que el pequeño incremento que tengamos irá a los bolsillos de los campesinos (más que al dueño de la tienda). Además, si se siguen pautas para ahorrar dinero, seguramente notarán que no es un sobrecosto invertir acá (mejor salud, menos médico, para empezar). Y es comercio justo… y saludable, además. ¿Quieren ensayar? Estoy segura de que no se arrepentirán.

[Quedo debiendo noticias otros cambios en nuestros hábitos de consumo.]

😉

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Menos cosas, más felicidad: huerta en casa ¿Sirve de algo golpear a los chiquitos?

4 comentarios Add your own

  • 1. María José  |  19 marzo 2011 en 10:34

    La verdad es que no hay nada como el sabor de los productos “de toda la vida”. Y si encima son mejores para nuestra salud, ¡qué más se puede pedir!

    Responder
  • 2. SPARROW  |  20 marzo 2011 en 04:56

    Tenías que probar los tomates que planta el abuelito Ramón… las semillas fijo que son de otro planeta!!!

    El chocolate… ¿se vale?…

    Responder
  • 3. Karina  |  20 marzo 2011 en 15:05

    Nosotros también procuramos comer productos orgánicos, sobre todo las frutas y verduras ya que no tienen ni punto de comparación!!

    Responder
  • 4. Nahatl Vargas  |  20 marzo 2011 en 22:10

    Estoy muy de acuerdo con lo dices.
    Los cubos de caldo son muy nocivos, por la manera en que se producen y lo que contienen.
    Pero nosotros hacemos cosas similares, logré sustituir el azúcar por panela (piloncillo, tapa dulce), y comemos miel por lo saludable que és.
    No comemos carnes rojas ni aves, sólo pescado obscuro (porque es mejor para el desarrollo cerebral de Itzcóatl), que resulta ser trucha, porque es lo que hay nacional. También podría ser atún.
    No comemos muchos lácteos, yogurt si, pero queso y leche sólo lo come el niño, yo no y no diario, pienso sustituirlo por leche de cabra que se digiere mejor.
    Comemos huevo una vez por semana, y pronto espero tener un par de gallinas que será suficiente para alimentarnos.
    La grano la la hago yo y ya no compra nada procesado ni en lata.
    El pan no me sale, lo compro orgánico, pero creo que hay que seguir practicando y amasralo bastante.
    Creo que es importante no sólo comer orgánico sino reflexionar sobre quien está obteniendo un beneficio con nuestra compra, si hay explotación laboral en el proceso si es local o fue transportado desde muy lejos.

    Felicidades y gracias por cuidar nuestro planeta.

    Responder

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