“¡Aaaaa tita!”

4 marzo 2011 at 08:36 9 comentarios

Creo que después de “papá” y “mamá” (y de las unificadoras “mapapa”, “papamamá” y “mapa”) esta expresión -que casi siempre llega acompañada de un “ymm” saboroso y hasta gracioso, que precede una boca abierta y deseosa- es la reina de nuestra hija al hablar. Y no es para menos: a pocos días de cumplir 19 meses, Irene reclama lechita para dormir, para calmar la sed, para sentir el calorcito de mamá, para tranquilizarse, para regodearse de felicidad, para reponerse de una caída, para sentirse en casa y para un sinfín de razones más.


¿Por qué, entonces, hay tantas caras de sorpresa cuando algunos descubren qué es “a tita”? (Y a nosotros no nos pasa tanto, pero sé que las razones se asocian más a nuestro ritmo de vida.) Aún recuerdo las palabras “versadas” de quien fue por mucho tiempo mi ginecóloga cuando me dijo hace algunos días que amamantar más de seis meses al bebé era “un vicio” (no sé para quién). No volveré a enumerar los beneficios infinitos que contradicen ese supuesto porque, aunque me dan unas ganas enormes, ya lo he hecho y sé que el relato de nuestra experiencia es suficiente para hacerlo.

“Ymmm. A tita” es -con creces- la mejor amiga de nuestra (pa)maternidad. En casa nos sentimos cada vez más conmovidos cuando vemos que Irene deja claro cuándo la quiere (con un “aaaaaaaaaa” laguísimo y emocionado). Sabemos que su reclamo no significa dependencia o malcrianza -entre otras cosas, porque (como lo decía hace unos días) casi siempre se habla muy subjetiva y amañadamente de esto último. Al contrario, le atribuyo la serenidad y la seguridad de Irene a esa demanda siempre atendida. Ahora, después de cada “a tita”, sé con certeza qué es lo que necesita nuestra chiquita.

¿Y todavía la alimenta? Creo que sí porque nuestra hija sigue creciendo y desarrollándose como debe. Es más, para mí supone una tranquilidad extra porque sé que no es un gran problema si algún día veo menguado el apetito de la pequeña (y que conste que eso no significa que ella coma menos. En su lugar me parece que el interés por otros alimentos está asociado al rito, es decir, a hacer de las comidas un momento familiar. ¡Si hasta sushi -con mariscos cocinados- ha comido! Repito: los niños hacen lo mismo que hacemos sus papás).

Ahora, en cuanto a qué tanto ha cambiado nuestra lactancia en los últimos meses (ya un par de veces hablé –1 y 2– sobre los cambios que ocurrían después de que el bebé cumplía un año de edad), debo decir que poco. O quizás sí se haya transformado algo, pero creo que sus giros han estado más relacionados con la emotividad. Tanto Irene como yo y su papá nos sentimos más conectados al amamantar. La vida es más simple, no porque ella amamante menos (que sí, disminuye un poco con el tiempo), sino porque ahora sabemos con más certeza cuándo y por qué quiere mamar.

Algunos dirán que llamarla “tita” y no “teta” ayuda a reducir caras de sorpresa. Es posible. Pero aunque así no fuera, amamantar sí hace que todos vivamos más felices y tranquilos: tomar un avión, dormir fuera de casa (juntos), sanar un corazón asustado o un piecito adolorido, relajarse y conciliar el sueño (diurno y nocturno de grandes y pequeños), expresar con caricias y besos nuestro afecto, combatir la falta de apetito, mantener a raya los virus y los bichos y un largo etcétera que pasa incluso por estimular el habla y los gestos, ha sido sencillo. Persistiremos, por ello, en nuestra lactancia. Y juzgo por el entusiasmo que Irene muestra con su “aaaaaa tita”, cantando y sonriendo, que amamantaremos todavía un buen tiempo. (Ya sé de qué no nos perdemos.) 😉

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Me hago mayor Bebés y niños sin televisión

9 comentarios Add your own

  • 1. María José  |  4 marzo 2011 en 11:37

    Pues no sabes cuánto me alegro, que mantengáis ese vínculo y que eso os haga felices. Y a palabras necias… ¡oídos sordos!
    Preciosa foto 🙂

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  • 2. yarim  |  4 marzo 2011 en 13:31

    Claro! Justo hace un rato cargué a Octavio y sin quere nos estrellamos en la pared, aplastando su orejita con el muro, Lloró mucho y de inmediato pidió la chichi (como se dice acá). No era de hambre, ni por “vicio”, era el remedio para el dolor junto con el abrazo fuerte y las palabras de confort de mamá.

    Así que viva la tita!

    Las quiero, amiga…

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  • 3. SPARROW  |  6 marzo 2011 en 12:25

    Estupendo!!!

    Me da envidia Irene, porque Inés es más de helado de chocolate… jiji.

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  • 4. Victoria  |  6 marzo 2011 en 14:04

    Que dicha 🙂

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  • 5. Karina  |  7 marzo 2011 en 08:37

    Que bien que podais disfrutar las dos de este placer… supongo lo dificil que debe de ser de explicar a otras personas en pocas palabras de todo lo que significa la lactancia prolongada, pero creo que muchas personas también se niegan a escuchar lo que tienen miedo de oir por padecerlo.
    Disfrutadlo. 🙂

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  • […] materna, ¡qué horror!-, pero justamente no es esa leche la que está en cuestión. Más bien es mi tita o, mejor, la tita de Irene. Casi sin darme cuenta, terminé dejándome taladrar el cerebro con la […]

    Responder
  • 7. “La cuna tiene huecos” « La casita de Irene  |  21 julio 2011 en 05:21

    […] de acostarla para que hiciera la siesta (después de quedar profundamente dormida en mis brazos con su tita) se habían convertido en una pequeña batalla campal: en cuanto sentía que la acostábamos en la […]

    Responder
  • […] a mayores: llegamos pronto (estábamos justo al lado, en el parque), limpiamos la herida, tomamos tita bendita (que alivia los males del cuerpo y del corazón) y nos pusimos en la frente (ella y todos […]

    Responder
  • […] las noches, antes de dormir, mientras Irene toma su tita querida, hablamos sobre el paso del día, además de rezarle a los angelitos y de recordar que papá y […]

    Responder

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