¿Hasta dónde debemos llegar?

16 febrero 2011 at 10:38 6 comentarios

Ayer, un poco por azar, vi con Irene Le renard et l’enfant, una película francesa de 2007 dirigida -y en parte escrita- por Luc Jacquet. La historia, impactante en sus imágenes y conmovedora desde la perspectiva de la protagonista, tiene una moraleja que -aunque puede parecer sosa a algunos- deja mucho en qué pensar: ¿qué tanto debemos intervenir como hombres en la naturaleza y qué entendemos por amar?

La anécdota es sencilla: una niña que camina por el bosque se encuentra accidentalmente con un zorro que la cautiva con sus saltos. El encuentro, fortuito, da pie a una persistente búsqueda de la chiquita y, lentamente, a la domesticación, por su parte, del animal. Lo interesante de la historia, sin embargo, surge cuando los deseos irrefrenables de la pequeña por estar y tener consigo al zorro revelan lo lejos que estamos como seres humanos de una sensibilidad respetuosa y amorosa por la naturaleza. La conclusión, elemental en las palabras pero distante en la práctica, es que debemos dejar que la vida siga su curso y que amar no es poseer si no dejar en libertad. (Por cierto: Luc Jacquet, director de la película, ganó un Óscar a mejor documental por El viaje del emperador. Lo menciono por si quieren darse una idea de por dónde va esta película con imágenes también de documental.)

¿Debo decir que el final me impactó mucho y que al tiempo que corría la historia yo también deseaba encontrar al zorro y acariciar su lomo? Tal vez no; pero sí debo confesar que me cuesta -y mucho- entender que no podemos controlarlo todo y que amar implica la mayor de las veces soltar.

Al respecto, recuerdo dos anéctodas: la primera, la muerte de uno de mis gatos, amado y aún hoy extrañado, tras una caída absurda por la ventana, un encuentro con los dientes de un perro y, finalmente, una leptospirosis que hizo colapsar sus riñones. Cada una de las acciones que precedieron y acompañaron el mes de enfermedad y sufrimiento de él y de nosotros hicieron parte de una lección amarga y dolorosa: que no somos dioses y que quizás muchas de las cosas que hacemos “por el bien” de otros son en realidad acciones que hacemos más por nuestro “bien”(estar) y que en ocasiones juegan en contra de los demás. La segunda anécdota, también felina, ocurrió tras el rescate de una gatita de unos dos meses, con una de sus patas delanteras partida, temerosa y amorosísima, que tras sentirse sola y encerrada en la noche saltó por la única ventana que encontró su alcance… para morir seis pisos abajo. No fue en mis manos, pero es como si hubiera sido porque fui yo quien la rescató de un parqueadero y le encontró un nuevo hogar.

En ambos casos, los felinos estuvieron rodeados de amor y felicidad. Y también en los dos sucesos, los cuidados extremos que recibieron devinieron en tragedia, pues de un modo u otro propiciaron su partida. En el primero, porque  la ventana por la que cayó (que no tenía gran altura) estaba apenas abierta (temía justamente que los mininos se cayerán, pero no quería que les faltara el aire). Consecuencia: el gatito pudo salir pero no volver a entrar. En el segundo, porque el gatito parecía haber pasado ya por una experiencia traumática (su patita lo decía) y quizás lo último que quería era sentirse preso. Consecuencia: amado pero no libre no significa felicidad.

Las conclusiones o no sobre estos hechos ya no rondan el “debí o no debí hacer”, van más por el lado del título de esta entrada y mucho más cercanas a nuestra hija (ya no sólo a la naturaleza silvestre y de cuatro patas, que, ¡claro!, también hay que tener en cuenta). No tengo respuestas definitivas y dudo que llegue a tenerlas, pero me gustó sentirme nuevamente cuestionada con la película porque creo que aunque ser padres implica un aprendizaje continuo, a veces sentimos que ya tenemos todas las herramientas necesarias para ello… Y no: los caminos se bifurcan y no se acaban y nuestra única misión es andar y desandar. Quizás debemos dejar que la naturaleza siga su rumbo, disfrutar el camino y tratar de recorrerlo felices. Las caídas, al igual que los parajes que encontremos, serán sólo una parte del paseo. No es fácil, pero haremos el intento.

(Si quieren ver la película, titulada en castellano como Una amistad inolvidable, -ya dejo dos videos: uno con el trailer y otro con un compendio de su música e imágenes- pueden encontrarla acá. Se las recomiendo profundamente.)

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6 comentarios Add your own

  • 1. Karina  |  16 febrero 2011 en 17:02

    Gracias por la recomendación!! Me la apunto!

    Responder
  • 2. María José  |  20 febrero 2011 en 11:13

    Bonita reflexión, para tener en cuenta siempre!

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  • 3. Nahatl Vargas  |  23 febrero 2011 en 10:00

    Yo la vi, hace com un año, me encantó, aún la tenemos aquí.
    Mis reflexioes actuales hacia la crianza van hacia la completa aceptación y aliento hacia mi hijo, que he perdido para regular, lo que nunca permitirá que florezca,
    Trato de regresar.

    Responder
  • […] que nacemos y crecemos con los hijos cuando somos papás, que cada día es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos […]

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  • […] que nacemos y crecemos con los hijos cuando somos papás, que cada día es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos […]

    Responder
  • 6. “Con los amigos” (2) « La casita de Irene  |  16 diciembre 2011 en 09:38

    […] tener al lobo entre el listado de peligros cotidianos ni mucho menos). Repisamos la frase con una película de la que ya hablé en otro momento, omitiendo el final (por ahora. Sí quiero que sepa que podemos hacerle daño a los animales, pero […]

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