“Este niño está muy consentido”

15 diciembre 2010 at 08:16 15 comentarios

No sé si esta frase lapidaria sea igual en todos lados. Debe tener variantes del tipo “ese niño es muy mimado”,  “es un niño caprichoso” o cosas por el estilo. Es más, si somos puristas y nos vamos al Diccionario de la Academia, sería más correcto (en el sentido lingüístico solamente -del vivencial discutimos en un rato-) decir lo segundo porque consentido, según el DRAE, es el marido que “sufre la infidelidad de su mujer”.  Pero se diga una cosa u otra, el sentido con el que se suele pensar o decir la sentencia ésta apunta casi siempre a un reproche o duda sobre el exceso de cuidados, contemplaciones o mimos que se le dan a un niño. Y suele asociarse con malcrianza. ¿Qué hay de cierto y cómo saber cuándo hay exceso? Aventuro una opinión.


Obra de Javier Soto.

Comienzo por decir que hasta aquí nadie distinto a mi amorcito me lo ha dicho. Y aclaro que cuando el padre de la criatura lo ha enunciado ha sido más en tono de inquietud, justo después de un episodio de llanto o de “rabieta” (léase frustración porque considero que Irene es una niña paciente en general) de la pequeña.

Las dudas, por supuesto, han llegado porque somos hijos de una generación a la que se le negó en parte el afecto y a la que se le sugirió (por no sé qué circunstancias absurdas de la vida) que era mejor pecar por omisión que por exceso. Eso, desde una perspectiva económica deprimida que nació después de dos guerras mundiales podría hasta tener sentido, pero no desde una mirada emocional. Lo triste (y horroroso) es que sí se inventaron teorías de este tipo que sugirieron que los afectos debían medirse para evitar en casa a un “tirano” chiquito. Ejemplos lamentables son la famosísima Supernanny (o Nanny 911), don Estivill y el método de un supuesto médico de principios del siglo XX llamado Truby King, una especie de tortura emocional para recién nacidos comentada en Bebés y más (con réplicas posteriores que la tildan de máquina de la infelicidad, aquí y acá).

El caso es que creo que todos los padres nos hemos preguntado más de una vez si estamos malcriando a nuestro chiquito, sin tener clara la diferencia entre mimo y disciplina y pensando (muchas veces por comentarios precedidos de la frase lapidaria del título o sus similares) que quizás deberíamos ser menos afectuosos, condescendientes y más estrictos. La respuesta definitiva no la tengo, para lamento de quien quiera encontrar fórmulas mágicas en este texto, pero sí cuento con una corta experiencia que ha sido feliz tanto para Irene como para nosotros. La adobo con una recomendación inconclusa de un texto que encontré por casualidad en la última Feria del Libro de mi ciudad, titulado Disciplina con amor (no es éste -que está digitalizado en parte, por eso lo incluyo- pero va en la misma línea. Para quienes quieran saber un poco más del tema, recomiendo también el artículo incluido acá). Y preciso dos cosas: que digo inconclusa porque no he terminado de leerlo, pero hasta donde voy me parece que tiene puntos valiosos que pueden ayudar a aclarar esta discusión; y que no doy toda la referencia porque no lo tengo a mano, pues se lo presté a una madre amiga con una chiquita un poco mayor. [Update: dedicándole unos minutos más a la búsqueda, dejo ahora sí la referencia del libro que tengo en parte leído: Disciplina con amor. Cómo pueden los niños adquirir control, autoestima y habilidades para solucionar problemas, de Jane Nelsen, publicado por Planeta. También ha sido publicado como Disciplina positiva (un poco más acorde con su título original) y puede encontrarse digitalizado en buena parte acá.]

Empatía y respeto

Las fórmulas centrales del asunto son esas dos: la “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro” -DRAE- (para el caso, el niño) y el respeto elemental que merece cualquier ser humano, tenga un mes de vida, tres años, treinta o setenta y cinco. Su aplicación supone, por supuesto, la conciencia de que existen límites y de que entenderlos y asumirlos no tiene porque traducirse en golpes, gritos, comparaciones, subestimaciones o desconocimiento de un posible error.

En casa esto ha supuesto un aprendizaje y un ejercicio continuo de paciencia y conciencia: comprender que a una chiquita que apenas se estrena en el mundo le cuesta más entender -la autora del libro dice también que interpretar- que hay ciertas cosas que no se pueden hacer (como balancearse de pie en una silla o tirarse de cabeza por una escalera) y asumir que se pueden explicar razones y consecuencias con amor. Los “no porque lo digo yo” o cosas por el estilo deben remplazarse por oraciones un poco más extensas y cargadas de sentido, que a lo mejor no tienen porque estar plenas de lógica y argumentos (que cuando puedan darse no vienen mal), pero que sí pueden, al menos, dejar un sabor más grato en la boca de quien los dice y quien los recibe. Un “puede ser peligroso para ti aunque ahora no lo entiendas” o un “confía en mí” dichos con amor pueden ser más relajantes que un grito (que puede ser producto de la angustia… no creo que ningún papá quiera ni malatratar ni hacer daño a su hijo).

No puede ser malo amar

Con esto, resumo, pretendo decir que nunca nos sentimos seguros de estar haciendo o no lo correcto con nuestros hijos, que son posibles muchas críticas, que en más de una ocasión podemos pensar (por mitos absurdos heredados del pasado) que apapachamos, acariciamos y llevamos en brazos más de lo debido. Y, también, que personalmente creo que mimar a un pequeño no tiene porque significar ni malcriarlo ni amarlo en exceso. De hecho, creo que es imposible lo segundo. En su lugar, apunto que el “no dejarle llorar” me parecía mucho más fácil de ejecutar al principio, cuando Irene era una chiquita que necesitaba fundamentalmente suplir necesidades básicas (alimento, temperatura, seguridad, sueño, tranquilidad, entre otros), pero que ahora entiendo que hay ocasiones en las que esto significa más bien no provocar llantos innecesarios y entender que todos necesitamos en ocasiones expresar nuestra inconformidad o incomprensión ante ciertas cosas, con lo que llorar puede ser una manera de desahogarnos antes de reestablecer nuestro mundo.

Irene grita y llora a veces, pero siento que ya sé cuándo su llanto es por calor, hambre o sueño y cuándo es por un “quiero que me dejes hacer esto”. En los primeros casos, vale un abrazo y una atención de inmediato; en los segundos vale la disciplina con amor, es decir, la empatía y el respeto: un mirar con detenimiento las cosas y actuar en consecuencia. ¿Quiere jugar con un libro? Y, digo, si no es un incunable, ¿por qué no? Muchas de las cosas que pensamos que no pueden hacer los niños, sólo requieren de dirección (buenas enseñanzas he tenido de parte de ella con el comer solita, caminar, pasar páginas delicadamente, encender el radio y un largo etcétera. Claro que se corre el riesgo de que algo se dañe o se ensucie, pero si va a experimentar con nosotros a nuestro lado, explicándole cómo hacerlo, el riesgo, sin duda, es menor -y el aprendizaje y la autonomía y la seguridad y confianza que ganen, quizás, sea mucho mayor). Otras, como querer lanzarse de cabeza por la escalera, sólo requieren de cuidados y explicación. Creo que en eso se fundamenta la disciplina con amor (y que ningún niño criado de este modo será el mimado o consentido o caprichoso que sugiere la introducción).

😉

Por cierto, en los casos en los que el llanto se debe a aburrimiento o frustación me funciona, y mucho, dejar que mi chiquita exprese su enojo y sentarme en frente suyo para tomar un poco de aire cuando siento que yo misma necesito un poquito de paz interior. La efervescencia de los llantos o las pérdidas de paciencia (como le decía a otra madre hace poco) casi desaparecieron desde entonces. Karina decía que les cantaba mientras tanto… ¿alguna otra recomendación?

(Dejo, además, un video casi cómico e ilustrativo de lo que a veces ocurre con los chiquitos. En ocasiones, el tema es sólo de atención:

Lo encontré en esta página sobre Disciplina con amor)

[Y a propósito: sobre la imagen que ilustra esta entrada, tomada de Contraindicaciones, una web sobre “Política, arte contemporáneo, amarillismo, proselitismo, demagogia”, se dice lo siguiente:

“Niño Mimado”

El radical crítico cultural Anton LaVey, en su escrito ” La Guerra Invisible ” hablaba de una guerra en marcha, no solo de fusiles y bombas “ahí afuera” (o “aquí al lado” podríamos añadir), sino también, y no menos importante, en la mentes: “Las refriegas tiene lugar en nuestra propia mente. Cuanto menos consciente es uno de la guerra invisible, más receptivo es al continuo proceso de desmoralización, pues el humano insensible es vulnerable, débil y está maduro para el control (…) Las vías de infección están en todas partes. Las “bombas” están cayendo a nuestra puerta todos los días. Los periódicos, la radio, la televisión… todos son catecismos de la desmoralización””. Lucy Lippard propondría a LaVey una fórmula de resistencia volviendo a clamar, cincuenta años después de que lo hiciera Rivera, por la rehabilitación de la propaganda: “la buena propaganda” es lo que debería ser el arte; una provocación, un nuevo modo de ver y pensar sobre lo que pasa a nuestro alrededor.

¿Interesante, no?]

Cómo Pueden Los Niños Adquirir Control, Autoestima Y Habilidades Para Solucionar Problemas

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Ahora sí, Navidad Para cerrar el año

15 comentarios Add your own

  • 1. Laia  |  15 diciembre 2010 a las 13:49

    A. creo que hay una diferencia entre mimar y malcriar muy grande.

    Mimar a mis hijas para mí no es algo malo. Es consentirlas con besos y abrazos, con sonrisas, muestras de afecto. Es dulzura y cariño lo que yo muestro con mimos a mis hijas. Me sale innato, no puedo mirarlas sin que se me enternezca el corazón, así las tengo a las pobres aburridas de tanto beso.

    Malcriar ya es otra cosa. Es consentir, acceder a todos sus deseos, dejarlos mandar, no acatar ninguna norma básica, y eso a ellos si les hace daño. No llorarán, no gritarán ni mostrarán ningún síntoma de enfado o frustración pero no creo que esa actitud de los padres sea la mejor para el futuro de sus hijos.

    Creo que los niños tienen que tener límites, normas básicas, no tener todo lo que desean al instante, ser conscientes del valor de las cosas y un largo etcétera. Deben saber controlar todos sus sentimientos y saber que un enfado es un estado totalmente valido para poder canalizarlo y resolverlo en su vida adulta. El enfado entre otros sentimientos forman parte del aprendizaje y de la vida tanto en etapa infantil como en la adulta. Debemos enseñarles tanto lo bueno como lo malo.

    En cuanto al llanto en mi casa existen dos tipos. El llanto mimoso porque se hicieron daño, porque están malitas, por fiebre… que en ese caso con que mami o papi las tenga en brazos y las mimen se va enseguida y el llanto rabioso. Teza aun es muy pequeña pero Aitana ha tenido muuuuuuuchos a lo largo de sus 4 años de vida. En esos casos no se les atiende, primero intento bajarme a su nivel y decirle de forma clara, corta y concisa que eso no puede ser o no puede hacerlo. Entonces empiezan los gritos y el llanto. Yo sigo paseando, viendo la tele, cantando… hasta que se le pasa y la niña vuelve a mí.

    Ella misma razona y sabe que por ahí no va a conseguir nada. Deja de llorar y me pide que la perdone. En ese momento le suelo explicar que eso no podía ser y la intento distraer para que se le olvide. Casi siempre funciona.

    Espero que te haya ayudado, casi te escribo yo un post entero

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    • 2. azulitoclaro  |  15 diciembre 2010 a las 14:04

      Laia, gracias. Me encanta que hayas escrito casi un post. Creo que estamos de acuerdo (ahora no sé si fue que en la entrada no lo dejé claro). Creo que todo esto es mucho más fácil de entender cuando se tienen niños más grandes, como es tu caso. De un modo u otro, justamente a lo que me refiero cuando hablo de disciplina con amor es del reconocimiento de los límites y de la empatía y el respeto como las maneras de ponerlos en acción. Seguramente en ello radica la diferencia entre malcrianza y amor, pues la primera puede darse tanto a partir de gritos o condescendencia absoluta (sin reconocimiento del niño como tal, incluso), mientras que el segundo exige conciencia (además de mimos). No se puede amar tampoco desde el desconocimiento de las necesidades reales del niño (que van, por ejemplo, más allá de las cosas materiales) y de nuestro papel formador como padres.
      No sé si me hice un lío, pero te agradezco inmensamente tus palabras porque dejan más claro lo que intenté decir con el texto. El libro que menciono lo puntualiza más que yo.
      Un beso.

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  • 3. Karina  |  16 diciembre 2010 a las 05:24

    Yo creo que cuando son mayores (como mi hija) es muy facil marcar los límites, de hecho, si lo has venido haciendo con amor y cariño ya lo saben, aunque muchas veces protesten porque tal cosa no les parece bien.
    Por ahora en casa creo que hay dos situaciones, Laia con quien podemos razonar (y negociar en la mayoría de casos) y explicarle porqué x o y puede o no puedes ser, como por ejemplo: Le gusta llevarse a todas sus muñecas a cenar (3 ó 4 a la mesa). Es super incómodo porque para que ella coma las tiene todas a lado, ocupan lugar y es un engorro porque no come por estar jugando… pero como no hace ningun mal lo que “negociamos” es que las siente al lado (en su silla) así a) a nosotros no nos molestan en la mesa y b) ella esta contenta de tenerlas.
    Si se aferra a tenerlas en la mesa, las muñecas se van a dormir. Ya está, no hay vuelta de hoja, ella lo sabe.

    Con Álex, es distino, porque es pequeño todavía y no se expresa bien, con lo que muchas veces, su frustración de no poder decirnos todo lo que quiere acaba en llanto.
    Aquí la estrategia es otra, es la distracción… intercambio, y así se le “olvida” el capricho.
    Por ejemplo, está super obsesionado con tijeras y chuchillos (salió Rambo el chico) y para quitarle eso, hacemos ver que le damos una cuchara de palo… a veces cuela, pero otras no lo engañamos y aquí optamos por cambiarle el tema, darle otra cosa que le gusta tanto!!

    Negociación!! y paciencia, y sí, mucho amor!🙂

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  • 4. Victoria  |  18 diciembre 2010 a las 12:59

    Tengo tanto por leer aqui. Pero aqui hay que pasar con tiempo, ja,ja,ja… Lo sacare y me dare gusto pensando, porque el primer parrafo de este post ya me antojo. Saludos, de navidad🙂
    Victoria.

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  • 5. María José  |  19 diciembre 2010 a las 09:44

    Este es un tema que siempre me ha preocupado, saber cuándo estoy cediendo de más a los caprichos de mi hijo. De momento la cosa va en empate, podríamos decir, y aunque a veces intento no darle gustos innecesarios porque sí otras acabas accediendo. Tengo muy claro que no quiero un niño consentido y que exija las cosas porque sí… a ver si lo consigo!

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  • 6. Ainhoa  |  21 diciembre 2010 a las 18:04

    Yo también opinno como Laia, hago la diferencia entre mimado (criado con mimos y mucho amor) y consentido (niño al que se le da “todo” lo que pide, malcriado a mi parecer).
    En una ocasión vi un texto que me gustó y que leería a todos los padres que no saben decir no a sus hjijos y los consienten hasta la saciedad, sin decirles nunca que no.
    http://amatxu-ainhoa.blogspot.com/2009/01/confesiones-de-un-nino.html
    Espero que te guste.
    Sique mimando a Irene, eso hace bien a los padres y a los hijos. El vídeo que pusiste me provoca risa, pero si tuviera un hijo que hiciera eso creo que me plantería varias cosas, por qué necesita tanot llamar la atención. Yo soy de las que optaba or ignorarles, ahora me doy cuenta de que a veces es mejor “enfrentarse” a ellos durante las rabietas y ver por qué lo hacen, claro, son mayores y ya pueden explicarse.

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  • 7. Victoria  |  30 diciembre 2010 a las 16:39

    Saque el tiempo y lei, y me encanto!!! No podria estar mas de acuerdo contigo, lo unico que anadiria (cuestionaria) es que cuando viajo a donde mis familiares y veo a mis primas y a mis amigas con sus hijos, tan desprevenidas de todo, y a sus hijos “tan normales”, me pregunto si vale la pena toda la energia que gasto pensando en cual sera la mejor manera de educar a mis hijas y en mis dilemas sobre, por ejemplo, las princesas, ja,ja,ja! Entonces pienso que padre tiene su formula y que los hijos son el producto de esa formula y de otros factores externos a los que estan expuestos, por suerte o por casualidad, y que nada es bueno o malo, sino que ES. Incluyendo las nalgadas que le da mi prima a su hijo, o mi tia a su nieto. Me pongo necia, ja, ja, pero fundamentalmente pienso y actuo de la manera que tu sugieres, y me doy gusto leyendote!
    Victoria.

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  • 8. “¡Aaaaa tita!” « La casita de Irene  |  4 marzo 2011 a las 10:15

    […] laguísimo y emocionado). Sabemos que su reclamo no significa dependencia o malcrianza -entre otras cosas, porque (como lo decía hace unos días) casi siempre se habla muy sub…. Al contrario, le atribuyo la serenidad y la seguridad de Irene a esa demanda siempre atendida. […]

    Responder
  • […] No me alargaré en este texto. Creo, como he dicho en otras ocasiones, en alternativas diferentes, que no son ni permisivas ni desatentas de los pequeños. Creo en la disciplina con amor: aquella en la que orientamos sin golpes pero con palabras claras y precisas (sin gritos) que permiten el diálogo y las preguntas. Dejo links relacionados con la crianza sin golpes y con las consecuencias que pueden generar los azotes en un pequeño. Ojalá que a alguien le sirvan. Quizás (lo pensaba ayer) algunos padres y abuelos golpean porque con ellos lo hicieron y nunca han pensado que es posible enseñarle a un niño sin tener que hacerlo. Aquí, cuando menos, nos sentimos felices. Y no tenemos una chiquita malcriada ni perdida en sus antojos por eso. […]

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  • […] un libro del que hablaba hace algún tiempo, se dice que el niño está en capacidad de entender lo que sucede, a pesar de que no pueda […]

    Responder
  • 11. ¿Nos cambia la vida al ser papás? « La casita de Irene  |  15 abril 2011 a las 03:31

    […] es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos inagot…, que no se necesitan muchas cosas para criar a un niño -un niño, de hecho, sólo necesita a sus […]

    Responder
  • 12. ¿Nos cambia la vida ser papás? « La casita de Irene  |  15 abril 2011 a las 06:44

    […] es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos inagot…, que no se necesitan muchas cosas para criar a un niño -un niño, de hecho, sólo necesita a sus […]

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  • 13. ¿Entiende pero no comprende? « La casita de Irene  |  13 junio 2011 a las 08:25

    […] con las escaleras y que se abstenga (ante la amenaza -que odio. Grgr-) de ir allá. Quiero y creo en la disciplina con amor, pero con una chiquita tan pequeña, no sé cómo ponerla en práctica en este caso. ¿Alguien […]

    Responder
  • […] los que hablaban y decidían. Los niños, por su parte, debían adaptarse a ellos. Ahora pienso que la disciplina es posible, pero desde el amor; creo que de nada sirve “enseñar” con golpes… y que aunque parezca más difícil […]

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  • 15. ¿Los terribles dos? « La casita de Irene  |  15 agosto 2011 a las 08:39

    […] la mesa para ver qué quería  comer. Pasamos por dudas con respecto a la manera de aplicar la disciplina con amor y sin golpes (con intentos de “tiempos fuera”) y por sospechas -positivas- sobre la […]

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