La maternidad nos hace más sensibles

26 marzo 2010 at 11:30 8 comentarios

Y no lo digo por ningún estudio (que seguro lo hay): lo digo por experiencia. Desde que nació Irene siento un cambio en mi espíritu, fundamental: ser madre ha potenciado de una manera indescriptible mi sensibilidad. Y, ojo, no hablo de sensiblería (aunque muchas de las imágenes que me conmueven pueden parecer estereotipos), sino de una capacidad de conmoverme (según el DRAE, de “Perturbar[me], inquietar[me], alterar[me], mover[me] fuertemente o con eficacia”) que me era ajena antes. Ya había oído hablar de ello, pero sólo lo entiendo ahora. ¿Nos pasa a todos? ¿Les pasa a ellos? ¿Se mantendrá en el tiempo?

La conmoción puede llegar de diversas maneras: ante un pequeño que vive en la calle, una madre embarazada (si está en evidentes malas condiciones, la impresión es dolorosa), una noticia violenta, un comentario -cualquiera- sobre una familia, un recuerdo, un pensamiento, una mirada de mi hija, una sonrisa… Y esa transformación ocurre gradualmente, acentuándose.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero me ha pasado a mí, tan racional y práctica. ¿Cómo, cuándo, dónde? En módicas cuotas diarias que empezaron a invadirme desde el inicio mismo del embarazo y que se incrementan en cualquier lugar con las sonrisas y quejos de Irene, con sus cambios, con sus progresos, con cada uno de sus gestos. Y, aclaro: no creo que sea simplemente un asunto de hormonas; pienso que es la evidencia de un hilo invisible que nos une a ese pequeño ser que llega, nos cambia y nos hace darnos cuenta de lo que es ser hijo, ser padre y ser mamá.

Por dentro y por fuera

En definitiva, los cambios que sufre el cuerpo al albergar un hijo y ayudarle a “aterrizar” en este mundo son apenas un leve reflejo de lo que se transforma en nuestro espíritu. Creo, incluso, que esos cambios ni siquiera son necesarios: conozco madres de hijos adoptivos que establecen también ese vínculo del que hablo, ese que acalla la razón y potencia el corazoncito. No sé si a unos los toca más o menos, pero sé que está y que “perturba, inquieta, altera y mueve fuertemente o con eficacia” la vida.

No tengo cifras, no tengo estudios (bueno, sí leí uno que hablaba de la mayor sensibilidad de las madres que tienen partos vaginales hacia el llanto de sus bebés), pero tengo evidencias irrefutables. Y me sorprenden. Creo que por eso las mamás nos volvemos a un mismo tiempo (como decía Adriana) fuertes y débiles, un asunto probablemente necesario para garantizar la supervivencia y preservar la especie. O, quizás, una oportunidad de crecer como seres humanos y superar miedos, karmas o malos tragos del pasado. Fijo, desde la alopatía hasta la religión o la nueva era se puede explicar.

Pero, a decir verdad, no me importan las razones (otro síntoma claro del asunto), si no las consecuencias, lo que ocasiona en mí esa sensibilidad: el corazón se me arruga fácilmente, saco fuerzas de dónde ni sabía que las tenía para cuidar y proteger a mi famlia y, esto es increíble, veo el mundo desde otra perspectiva que modifica, incluso, mis recuerdos y mi forma de ser -como hija, como hermana y hasta como vecina (también como mujer y esposa, pero eso da para otro post que quizás algún día escriba).

A lo mejor por ello, el punto más impactante (son muchos y todos de una intensidad antes desconocida) sea justamente el que tiene que ver con la familia. No soy una niña ni llegue a ser madre a los veinte. Es más, he tenido tiempo de sobra para ser independiente y dependiente. He tomado mis decisiones a conciencia (la mayoría de las veces) y he soportado pérdidas y golpes. Pero sólo hasta ahora entiendo en una dimensión real (sensible) lo que significa (emocionalmente) ser hija.

Mientras tengo en mis brazos a Irene, cuando la alimento en la noche, cada vez que la siento despertarse y reclamar una compañía, al sentir sus manitos caminando por mi pecho, al abrazarla, sentir dolor en mis mejillas por sonreirme tanto con ella y tantas veces, a cada segundo siento (¿pienso?) que mi mamá y mi papá también debieron vivir eso y que yo, desde mi pequeño mundo, no era consciente de ese mar de emociones que se producían.

Seguramente soy quien soy gracias a ello -seguramente también habrá secuelas imborrables en los niños y en las madres que se privan de esa entrega y de ese apego-, pero apenas ahora me completo. Y sé que no es una cosa finita. Ahora sólo de pensar que pueda pasarle algo a Irene los vellitos se me crispan. ¿Le pasa también a los padres? Creo que sí, no sé si a todos ni si en la misma medida. Mi muacho, al menos, ve con otros ojos la vida. Ah, y de ellos sí sé de algunos estudios: los papás con los hijos bajan sus niveles de testosterona y despiertan dentro de sí una “mamita” (en un sentido amoroso, sensible; menos pragmático y más emotivo). Así que eso aclara algunas dudas.

Quizás vivir en un país con tantas diferencias sociales, con la plata tan mal repartida, con corrupción y dinero insuficiente para suplir (no invertir) en las necesidades sociales (básicas y siguientes) haga que las imágenes que me rodean fuera de casa sean más dolorosas que felices. Pero, insisto, la maternidad nos hace más sensibles. Sería bonito que eso se irradiaría a cada una de las personas que nos rodean. Así, tal vez, la vida sería más bonita. Extraño a la tribu y la solidaridad que los pequeños imponían. Ojalá sus efectos se mantengan en el tiempo porque aunque a veces duele, me siento más viva.

P.D.: No soy la única que habla de esto, en un blog que se llama Me crecen los enanos me encontre esta entrada amiga: ¿Las madres son más sensibles a la violencia?.

P.D.: Esta casita, a parte de la historia de nuestra vida con Irene, normalmente habla más de información que creo útil que emociones vividas. Hoy hay una excepción a la regla. ¿Me pasará sólo a mí? Me da esperanza pensar que también en esto hay coincidencias, familia.

Anuncios

Entry filed under: En nuestra casita, Maternidad. Tags: , , , , , , .

“La photo cabine” Los gestos y las particularidades de Irene

8 comentarios Add your own

  • 1. yarim  |  26 marzo 2010 en 16:55

    Hola! Conocí tu blog con este post tan bonito, tan cercano a lo que vivo, con tantas coincidencias… Yo también, postergué la maternidad hasta el momento ideal para mí y sin duda, ha sido un renacimiento. Nací de nuevo, con otros ojos, otros poros, otro corazón, otro cerebro, otras habilidades, otros sentimientos…
    Me quedo en tu casita… te invito a nuestro nido…

    CiberAbrazos de otra sensible mamá *(^_^)*

    Responder
    • 2. azulitoclaro  |  27 marzo 2010 en 05:42

      Yarin, ¡qué gusto! Y qué nido más bonito tienes para Octavio. Claro que iré por allá.
      Tu chiquito es un bebé claramente afortunado por tener una mamá como tú. ¡Qué delicia esa sensibilidad de mamá!
      Seguiré felizmente visitándolos.
      Y sí, es increíble cómo estos chiquitos nos traen de vuelta a la vida. Por algo es un estado de buena esperanza, ¿no?
      Un abrazo fuerte,
      A.

      Responder
  • 3. María José  |  27 marzo 2010 en 12:02

    Comparto absolutamente todo lo que dices en tu post.
    Para mí es tremendamente satisfactorio sentir esa sensibilidad de la que hablas.

    Un abrazo!

    Responder
  • 4. Dharma  |  28 marzo 2010 en 08:42

    Hola! A mí el otro día me insinuaron como algo ¿negativo? que la maternidad me había cambiado… blink, blink… ¡obvio que sí! ¿Cómo no te va a cambiar?
    Yo también estoy más sensible a ciertas cosas. Quizás antes también lo era, pero ahora es distinto.

    Responder
  • 5. Karina  |  28 marzo 2010 en 15:23

    Totalmente de acuerdo con lo que dices, sí, las madres nos volvemos más sensibles, mas alertas más todo… nuestros sentidos, y más el sexto está mucho más despierto que nunca… no sé a vosotras, pero yo muchas veces, cuando mis hijos han tenido fiebre a media noche, me he despertado yo antes que ellos sólo porque sentía que algo no iba bien… mi sexto sentido a tope!!
    Un abrazo,

    Responder
  • […] sólo necesita a sus papás-, que no hay amor más puro que el que se siente por un hijo, que la maternidad nos hace más sensibles y otra lista larga que no menciono para […]

    Responder
  • […] sólo necesita a sus papás-, que no hay amor más puro que el que se siente por un hijo, que la maternidad nos hace más sensibles y otra lista larga que no menciono para […]

    Responder
  • […] crianza. Había oído de lejos hablar de la crianza con apego, pero no entendía de qué se trataba hasta que vi la carita de mi pequeña y sentí que no podía enseñarle con golpes, con amenazas, co…. Yo crecí en un mundo en el que los adultos eran los que hablaban y decidían. Los niños, por su […]

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


De sol a sol

marzo 2010
L M X J V S D
« Feb   Abr »
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031  

Contenido protegido

NO SE PERMITE USAR NI LAS FOTOS NI LOS VIDEOS DEL BLOG La casita de Irene a no ser con consentimiento expreso y por escrito. Todo el contenido de esta web se encuentra protegido (a no ser que se especifique lo contrario) por una licencia Creative Commons tipo Reconocimiento-No Comercial-Sin Obras Derivadas.

Categorías


A %d blogueros les gusta esto: