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Irene y la historia de su nombre

Cuando supimos que íbamos a tener una niña, el nombre de Irene nos saltó a los labios desde nuestros corazones. Obviamente ya habíamos hecho el ejercicio mental y familiar de considerar varias posibilidades, pero hasta ese día no nos habíamos decidido por ningún nombre. Nuestra escogencia pasaba por varias consideraciones que confluían fundamentalmente en creer que su nombre sería un regalo para toda la vida y que con él empezaba, en buena parte, la identidad de ése, nuestro pequeño ser. El pasado sábado 10 de octubre bautizamos a la chiquita. Con ello, concluímos esa escogencia inicial que acompañará a nuestra hija siempre, celebramos su llegada y compartimos nuestra dicha con buena parte de nuestra gran familia.

Ésta es la historia. Cuando pensamos qué nombre ponerle a nuestra peque, establecimos poco a poco 5 variables que resumían lo que para nosotros era importante:

1. Que no fuera un nombre común (tampoco el más extraño), no queríamos nada que sonara a moda o a popularidad. Creo que cada nombre tiene su peso, pero a veces siento que cuando en un mismo salón de clases, por ejemplo, hay cinco personas con el mismo nombre… digamos que se diluye un poco esa identidad que considerábamos fundamental.

2. Que fuera latino, básicamente para no disonar con ninguno de sus apellidos y para evitar malas pronunciaciones de su nombre.

3. Que no fuera religioso. Esto resultaba un poco más complejo porque prácticamente todos los nombres latinos tienen su santito. En cualquier caso, con esto lo que queríamos era evitar un peso “canónico” preestablecido: no mártires, no impecables, no crucificados ni nada semejante.

4. Que resultara sonoro con sus apellidos. Esto lo resolvimos de un modo simple, casi musical: tanto el primer apellido de mi amorcito como el mío tiene tres sílabas, por lo que dedujimos que el nombre de la chiquita debía tener lo mismo.

5. Que no fuera compuesto. La experiencia indica, al menos en mi país, que cuando alguien tiene un nombre compuesto, uno de los nombres siempre termina perdido. Total, ¿por qué no simplificarlo desde el principio?

Así, en definitiva, con esas variables y con la premisa central de que queríamos que el nombre que escogiéramos tuviera un significado amoroso, feliz, “bendecido”, revisamos distintas opciones, dejando entre el tintero los que cumplían más o menos con esos “requisitos”. Llegado el día, como decía al comienzo de esta entrada, Irene brotó de nuestros labios como si siempre hubiera sido el nombre de nuestra pajarita.

 

¿Y qué significa? PAZ. E Irene es eso, sin duda: aunque esté cansada, llorona o incómoda, ella respira y regala tranquilidad. Su nombre merece celebraciones, felicidad. Y merece también el goce de un rito que, aunque puede discutirse desde la fe y sus intermediarios, confirma una voluntad expresa de familia, que se abre y se extiende, que sueña, ama y espera. Por eso bautizamos a nuestra chiquita: por el presente y el futuro que ella nos da. Quizás hoy sea el único día que comparta en este espacio una imagen total de nuestra familia (primaria, la extendida crece más e incluye a muchos de quienes nos visitan por estos lares), pero la historia, SU historia, lo justifica. Los rostros pasan, pero este instante de nuestras vidas perdurará. Un besito para ti, infinito, mi chiquita.

Y gracias a todos los que siempre nos acompañan acá. Irene sabrá de ustedes en su futuro. ¿Nos lees, mi niña?

Un abrazo fuerte. Y un beso.

😉 Chiuck

22 octubre 2009 at 08:00 3 comentarios


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