Nuestro parto (2): trabajo de parto en la clínica

1 septiembre 2009 at 09:29 9 comentarios

Continúo con la historia de nuestro parto. Aunque no todo salió como lo planeamos y en la clínica nos encontramos con algunas recomendaciones médicas que al final no resultaron tan agradables como decían, debo dar las gracias porque todo salió bien, porque no hubo sufrimiento (al menos que yo sepa) para la pequeña y porque la recuperación después del parto (de la que hablaremos en otro post) fue cómoda. Habrá sin duda detalles que olvide o que nunca sepa, pero el día a día con Irene nos da la idea, al menos, de que fuimos afortunados y que incluso este pedacito del camino fue maravilloso aunque no haya sido como lo esperábamos.

Una vez entramos a la clínica e hicimos nuestro ingreso oficial como pacientes, pasamos a las urgencias gineco-obstétricas del centro médico (una de las razones que nos hizo optar por ellos, pues a diferencia de la mayor parte de hospitales de nuestra ciudad, en éste el ingreso se hacía por unas urgencias particulares para maternidad). Allí, nos recibió una enfermera que revisó con un doppler (creo que se llama así) los latidos de Irene. Para mi sorpresa, tuvo que poner muy abajo, más allá de mi vientre, la terminal que detectaba el corazón de la chiquita. Pensé entonces: las cosas han avanzado. ¡Y sí qué lo habían hecho!

Pasé a revisión con el obstetra, con la sentencia de “hay muy buena actividad uterina” de la enfermera. Él, como era de esperarse, tomó los datos de rigor y me pidió que me acostara en una camilla. Me revisó presión, respiración y etcétera y finalizó con un tacto. Su sentencia: “estás como avanzadita. Tienes 8 centímetros de dilatación. Esta noche tienes a tu hija”. En mi rostro debió dibujarse una sonrisa. Llamamos a mi amorcito para darle la buena nueva y entregarle mis cositas. En cuanto llegó, nos miramos con cara de que habíamos conseguido nuestro propósito: llegar con un trabajo de parto avanzado a la clínica. Eran las 8 pasadas… faltaban apenas 2 horitas para la llegada de la pequeña.

La enfermera me dijo que el médico había ordenado la epidural. Él mismo ya me lo había dicho, pero yo, muy valiente, le dije que no la creía necesaria, pues si entendía bien, ya había pasado buena parte de “lo peor”. La verdad es que me sentía muy tranquila y las contracciones me parecían perfectamente soportables. Me llené la boca diciendo que no quería la anestesia. La enfermera, amorosísima, me dijo que era mi decisión.

Me despedí de mi muacho con un beso, una sonrisa y la promesa de que insistiría para que permitieran su ingreso (no lo permiten en la clínica) y pasé a la sala de trabajo de parto. Para mi fortuna, no había casi nadie ya. Creo que sólo estaba ingresada otra materna que no estaba en trabajo de parto sino que estaba siendo atendida por una preclamsia. En fin, todo era paz.

Charlé con las enfermeras, mientras me pescaban una vena (tuvieron que intentarlo tres veces) y me instalaban las “correas” para hacer un monitoreo fetal externo. Mi Irene, decían los aparatos y sentía en mi corazón, andaba perfectamente. Mi útero, igual. Me revisó el gineco-obstetra y me dio sus razones (sobre todo suyas) para que aceptara la anestesia. Me di cuenta que él la necesitaba más que yo: para revisar y limpiar el útero después del parto, para suturarme si había episotomía o desgarro y un etcétera que no conozco pero que percibí en su discurso y su tono. Seguí firme en mi conclusión sin alterarme ni molestar a nadie. Tenía claro que estaba tranquila y feliz y me gustaba mantener las cosas así.

Vino luego la anestesista: una médica joven, seria, tranquila. Me preguntó porque había rechazado la epidural. Le conté que sentía que el trabajo de parto iba muy bien y que ya faltando tan poco no veía la necesidad de aplicarla. Me explicó que aún faltaba un período difìcil y que si luego pedía la anestesia ya no habría tiempo para aplicarla. Me dio cinco minutos para pensarlo. Así lo hice. Finalmente, me dije, “les doy un voto de confianza. Acepto la anestesia y con ello pido que dejen entrar a mi muacho”. Una especie de “mano a mano” en el que, pensaba, mi tranquilidad garantizada (ya me sentía tranquila, pero el médico tendría sus dudas, quizás) sería un punto a favor para un ambiente de paz en la sala de partos. Me pusieron la anestesia y, nuevamente, llegó el gineco-obstetra. Le propuse mi plan, pero el resultado no fue el esperado. No permitió la entrada de mi muacho. A cambio, Carlos, el internista (que se portó, realmente, a las mil maravillas), me propuso que entráramos una cámara para tomar fotos y grabar. Me pareció un detalle amoroso y justo… al menos de su parte. El otro médico se mantenía recio. No era lo que esperaba, pero no quería enfurecer mi espíritu. Acepté la propuesta. Hora: más o menos las 9:30 p.m.

La verdad es que hasta ese punto no me arrepentí de lo decidido. El equipo médico, en general, me pareció respetuoso y responsable. No estaba muy a gusto con la seriedad y el casi hermetismo del obstetra, pero ni modo.

El tiempo pasó volando y entre una revisión y otra, entre los sonidos del monitor de la chiquita, entre las contracciones, las preguntas para llenar algún formato y etcétera, dieron las 10 de la noche. Carlos, el internista, me revisó nuevamente, atendiendo la recomendación del obstetra de que me hiciera un tacto para ver cómo avanzaba mi dilatación. La epidural, hasta entonces, me permitía -como me habían dicho- sentir mis piernas. Con el tacto comprobé que no había ningún dolor. La sentencia del médico fue alentadora: “ella es despistadora porque se ve muy tranquila, pero está prácticamente lista. Diría que tiene 9.8 centímetros de dilatación. Podemos pasar a la sala de partos cuando usted diga” (dirigiéndose al obstetra). Yo, felicísima… hasta que vino el otro médico, me hizo a su vez un tacto y sentenció: “póngale oxitocina”. Abrí los ojos y le dije: “¿Oxitocina con casi el 100% de dilatación?”.

Pues sí, un argumento y mil (otra vez más relacionados con sus necesidades que las mías) salieron a flote. Decidí que no iba a perder mi calma así que no discutí nada: sólo argumenté lo que pensaba y me “eché” a las manos del destino. Me pusieron el consabido pitosín y en cuestión de minutos sentí una sensación de pujo incontrolable que, lamentablemente, me sacaba de mí. Me pasaron a la sala de partos y allá, sin dolor pero casi sin consciencia de lo que estaba pasando, por el maremoto que generaba en mi cuerpo la oxitocina sintética, entré en el proceso de parto.

(Y dejo pendiente para un último post cómo fue nuestro parto… Una historia larga por más que intente resumirla. En fin).

Entry filed under: Embarazo, Parto. Tags: , , , , .

Nuestro parto (1): preparto y trabajo de parto en casa Nuestro parto (3): parto y alumbramiento en la clínica

9 comentarios Add your own

  • 1. Stella  |  1 septiembre 2009 a las 14:56

    Ángela, que bueno que te mantuviste fuerte ante las decisiones de los médicos, qué locura es en Colombia este asunto, hacen con uno lo que les da la gana, no tienen en cuenta tu opinión.
    Yo también tenía en mi último parto nueve de dilatación y me aplicaron la epidural, casi que obligada, qué tal!
    Estaré pendiente del final…
    Y tu Irene está muy fuerte, ya para la cabezita, divina!

    Responder
    • 2. azulitoclaro  |  1 septiembre 2009 a las 16:21

      Bueno, Stella. Lo de mantenerse firme es relativo. Mi propósito era un parto natural, no medicalizado. Eso, lamentablemente, parece una falacia en nuestro país. No sé si es por exceso de confianza en la medicina y poca confianza en los pacientes, pero por lo que he vivido yo misma y por historias que he oído por ahí, es el pan de cada día. Lo cierto es que después de mucho preguntar, informarme, insistir, concluí que en lo que no podía ceder ni un ápice era en mi estado de paz y tranquilidad. Eso, al menos, fue un triunfo. Lo demás, no tanto: cedí en la puesta de la epidural (no sé si no quedó claro en mi relato) porque quise confiar en el equipo médico que me acompañaba. Hoy no sé si me arrepiento, pues realmente no fue traumática, pero reconozco que como un boomerang, después de dar el sí en ese punto, se vinieron una serie de intervenciones que definitivamente no hubiera querido: el pitosín con casi 10 centímetros de dilatación y la rotura de membranas (que estaban íntegras y, a mi juicio, no médico, podían romperse naturalmente en el expulsivo). No tuve episotomía (ya me estoy adelantando al otro post), pero sí una sobrecarga final de analgésicos (más epidural) para la sutura de un desgarro de 2 grado (no muy grave, en realidad). Los puntos negativos: que definitivamente el pitosín es un desastre cuando un trabajo de parto normal va marchando adecuadamente. Siento que perdí la conexión con mi cuerpo, que no era ni dueña ni consciente de lo que le estaba sucediendo y que, por el contrario, me sentí enajenada y casi expulsada de un proceso del que que quería hacer parte. No quiero juzgar las decisiones médicas, pero sí quiero puntualizar que en mi espíritu a pesar de que tuve un buen parto y de que vi llegar a mi chiquita perfecta a este mundo, hubiera querido hacerlo a un ritmo natural, no apresurada por un químico. Creo que a las madres nos escuchan poco y que cuando llega alguna informada (que estoy segura de que casi nunca ocurre, por demás. Una cuestión lamentable), los médicos se guarecen en su saber y en su propia seguridad. Ojalá tuviéramos otras alternativas, respetuosas, conscientes para considerar.
      En fin. Mi Irene anda fortísimas. Creo que se quiere comer el universo entero ya.
      Un abrazo fuerte y gracias por volver a esta casita.
      Saluditos,
      A.

      Responder
  • 3. Stella  |  2 septiembre 2009 a las 14:53

    Ángela después de leer tu respuesta me quedó algo muy claro: que tú fuiste muy fuerte al mantener la paz y la tranquilidad en momentos como esos. Definitivamente el parto NATURAL en Colombia es una utopía y que esas razones que cuentas por las cuales le aplican a uno toda clase de drogas son más por intereses egoístas que por el bienestar de la madre quien finalmente es la que decide si quiere sentir el dolor o no.
    Cada día aprendo nuevas cosas leyendo blogs pero con esto que cuentas definitivamente tengo una gran lección: ante todo paz y tranquilidad para el bebé. Lo tendré en cuenta en mi próximo parto.

    Responder
    • 4. azulitoclaro  |  12 septiembre 2009 a las 02:23

      Stella, casi que no logro contestarte (y lo haré a toda máquina): no sé si fui fuerte o no, pero sí afortunada, pues creo que a la larga obtuve muchas retribuciones personales al lograr mantener mi tranquilidad. No puedo decir ni que fue difícil ni fácil. ¡Ni me enteré! Estaba tan concentrada en Irene y en mí misma que lo demás termino por pasarme un poco de lado. Sí es cierto que aquí en Colombia el parto natural es una utopía, al menos en ciertos estratos. Y ni te digo de la lactancia. Creo que por dárnosla de “modernos” hemos echado al traste lo que la naturaleza nos indica. Habrá camino por desandar.
      Y, bueno, si has de tener otro parto y has de tener en cuenta este asunto, por favor no dejes de contarnos cómo te va.
      Un abrazo fuerte y nuevamente gracias por estar por acá.😉

      Responder
  • 5. Carlos Alvarez  |  3 septiembre 2009 a las 00:33

    Carlos estuvo aca en casa y te desea lo mejor!

    Responder
    • 6. azulitoclaro  |  12 septiembre 2009 a las 02:25

      Gracias, manito. Ojalá sigas visitándonos y contándonos como vas por allá.
      Un abrazo fuerte y un besito,
      A.

      Responder
  • 7. Patricia Bussert  |  3 septiembre 2009 a las 00:50

    Para próximas experiencias, decidan tener a sus hijitos en casa. Algunos doctores hoy en día tienen su compromiso primero con las farmacias, con sus sueños por un cargo más alto, compromiso con su paseo de fin de semana que podría ser perturbado por una parturienta terca, en fin, sean firmes y no permitan que les cambien sus planes al final son nuestros bebes los que deciden cuando salir. Son casos muy típicos los rompimientos de menbranas causados por un doctor impaciente al que no quiere que se le arruine su fin de semana. Te llenan la cabeza de ideas solo por conveniencia propia, que pena!. Me alegra saber que Irene y su madre sincronizadas y conocedoras jugaron y se arriegaron a ganar! Felicitaciones y espero que pal’segundo esten tanto tu esposo como Irene en la llegada del segundo.

    Responder
    • 8. azulitoclaro  |  12 septiembre 2009 a las 02:27

      Ojalá fuera tan fácil lo del parto en casa en estas tierras. Claro que lo tendremos en cuenta. Y sí, los doctores impacientes o sabiondos (poco creyentes de las madrecitas y de la naturaleza) terminarán por matarnos.
      ¿Y tú y los pequeños (ya no tanto) cómo van?
      La Irene nos tiene copados de tiempo, pero no dejamos de pensarlos. Un besito y un abrazo para todos, incluidos el Paul.
      Chiuck😉

      Responder
  • […] Septiembre 2009 Tras dar cuenta del preparto y el trabajo de parto en las entradas 1 y 2, creo que culmino hoy la historia de nuestro parto con este post. Tal como decía antes, las cosas […]

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


De sol a sol

septiembre 2009
L M X J V S D
« Ago   Oct »
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
282930  

Contenido protegido

NO SE PERMITE USAR NI LAS FOTOS NI LOS VIDEOS DEL BLOG La casita de Irene a no ser con consentimiento expreso y por escrito. Todo el contenido de esta web se encuentra protegido (a no ser que se especifique lo contrario) por una licencia Creative Commons tipo Reconocimiento-No Comercial-Sin Obras Derivadas.

Categorías


A %d blogueros les gusta esto: