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“Truth About Mom”: verdades de mamá
Esta semana, encontré un artículo precioso y revelador sobre (¿crianza?, ¿educación?) las verdades de las madres, que me ha puesto a pensar en qué cosas me gustan o me interesan a MÍ realmente, como un camino para encontrar nuestra manera de ser papás. Sé que he hablado de muchas de ellas en esta casita, pero al leer otro texto -sobre Homeschooling, maravilloso, que me llevó al que mencionaba originalmente- me di cuenta de que, en general, muchas de las cosas que pensamos ideales para la crianza de nuestros hijos pueden no ser realistas con nuestra vida, nuestros gustos, nuestras circunstancias o nuestras metas. Decidí entonces “decirme” la verdad y tratar de encontrar esas particularidades que hacen que yo sea el tipo de mamá que puedo ser y no otra distinta, con la certeza de que -como lo dice Sarah, la autora de los dos textos reseñados- esta reflexión me ayudará a ser una mamá tranquila y feliz (y por lo tanto, nuestra chiquita será una niña tranquila y feliz, sin importar las cosas que hagamos o el lugar en donde estemos). ¿Cambiará la lista con el tiempo? Es apenas natural… así que será un tema en el que tenga que volver cada tanto. ¿Se animan?
La propuesta es relativamente simple: debo pensar primero en mis puntos fuertes, en segundo lugar en las necesidades de mi familia como un todo y en tercer lugar en las necesidades individuales de cada niño (en este caso, de Irene), teniendo en cuenta sus fortalezas. El reto original (es decir, el que dio lugar al que yo encontré) surge de un texto de una mamá que se puso en la tarea de pensar sobre los principios de mamás felices que educaban en el hogar. Parecería que me estoy volviendo monotemática con el asunto, pero lo cierto es que pienso que aunque el origen de todo esta historia es la reflexión sobre la educación en casa, el resultado bien puede funcionar para la crianza de los chiquitos y, por qué no, para lograr una vida más tranquila y feliz en cualquier hogar.
A veces pienso que cuando somos padres tendemos a desconectarnos de nuestro instinto para seguir consejos o modelos que quizás no se adapten a nuestras vidas. Caemos fácilmente, en consecuencia, en una trama de inseguridades, insatisfacciones, temores e infelicidad que podríamos evitarnos si nos permitiéramos escucharnos más a nosotros mismos y a nuestra realidad.
Así que sin afán de consejo, pero sí como ejercicio personal que quiero dejar por escrito (siempre pienso que Irene podrá encontrar en algún sitio esta historia de nuestra experiencia y que estas palabras le ayudarán, aunque yo no esté presente, si algún día ella misma llega a ser mamá) y que quizás pueda inspirar a alguien más, empiezo mi lista de verdades. Espero que nos sean de muchísima utilidad.
- Adoro escribir y leer. Creo que no sería feliz si no tengo un libro para hojear en las noches: me encanta quedarme dormida con una historia entre los dedos y adoro hacer un cuento de todo, con palabras más que con imágenes (lo segundo no se me da, pero no me quita las ganas de narrar).
- Soy metódica, aunque a veces me cuesta terminar todo lo que empiezo. Me gusta encontrar una manera de simplificar procesos y odio perder tiempo tratando de hacer cosas que se pueden sistematizar (y no hablo sólo de procesos tecnológicos…).
- Me gusta hablar. Mucho. En mi intimidad. Con Irene me he dado cuenta que tiendo a verbalizar todo (bueno, no tanto: soy medio cohibida para expresar ante extraños lo que pienso). Y pregunto razones o detalles de todo. Soy inquieta y me gusta dialogar.
- Soy muy racional. Este punto a veces juega en mi contra, pues tiendo a explicar todo, a veces desconociendo que hay cosas que no caben en las palabras (o a sabiendas de que es así, pero olvidando que puede ser bueno simplemente sentir y callar).
- Con lo único que soy minuciosa y perfeccionista es con lo abstracto (lo que escribo, lo que leo, lo que pienso). Tiendo a hacer muchas cosas prácticas al cálculo (recetas, proyectos de costura), ignorando a veces instrucciones. La buena noticia: no me frustro fácilmente con los resultados; si no sale lo que planeé soy buena para buscar alternativas o para dar por cerrado el intento sin que me quedé un sinsabor fatal.
- No soy buena para trasnochar, no al menos haciendo cosas que impliquen pensamiento: si debo pensar, la mañana es una mejor hora.
- Soy paciente.
- Soy prudente.
- Soy tranquila. El problema: no me gusta que se me altere mi espacio de paz. Y soy mala para oir ruidos todo el tiempo (odio, por ejemplo, las emisoras con conversaciones todo el día. O estoy oyéndolas atenta o debo apagarlas. No me gusta el ruido de voces al fondo… y eso a veces hace que no me dé cuenta de que estoy rodeada de mucho silencio… yolvide que a mi amorcito y a Irene les gusta un poco de “música” y actividad).
- Suelo hacer varios proyectos al mismo tiempo… pero si algo no “me atrapa”, lo dejo con facilidad.
- Intento ser más manitas, pero se me da mejor lo de pensar.
- Me gusta muchísimo estar al aire libre.
- Me gusta viajar.
- Me distraigo fácilmente con las pantallas (es una ventaja no tener televisión en nuestra casa).
- Tiendo a poner los deseos de otros por encima de los míos. Puede ser generoso, pero a veces restringue claridad.
- Me gusta que tengamos tiempo libre en familia, sin actividades fijas. En esos ratos, por ejemplo, me encanta salir a caminar.
Creo que tendré que hacer una lista con las fortalezas de Irene y otra con nuestras necesidades de familia… Viéndolo bien, no era tan sencillo. Queda en “continuará”.
Imagen tomada de Short-Story-time.com
El silencio del amor
Mañana nuestra chiquita cumple 2 años (¡me parece increíble!)… los mismos que cumplimos nosotros de ser papás. Y aunque éramos papás también mientras te teníamos guardadita en mi vientre, Irene, esa paternidad no es igual a la que se experimenta cuando los hijos nacen… ni cuando crecen. Gracias por llegar a nuestra vida, chiquita. Hay amores silenciosos y otros ilustrados. Ojalá puedas sentir, vivir y entender este amor cada día de tu vida.
(Y debo decir que lo deja claro, aunque sea una pauta comercial.)
La diferencia entre ser tía y ser mamá
Soy tía desde hace casi la mitad de mi vida, pero hace apenas 22 meses soy mamá. Las diferencias de criterio, de sensaciones y de consciencia entre una y otra son abismales… tanto que ahora mismo me arrepiento y sorprendo de algunas de las cosas que “creía” antes: sobre la crianza, sobre la disciplina, sobre las comidas, sobre el colegio… La lista es tan larga que es de nunca acabar.

Pero me iré con una versión corta de la misma para dejar constancia de que las cosas se ven muy distintas desde el escenario (y tras bambalinas)… tanto que si lo hubiera sabido antes, me habría abstenido de hablar en las butacas.
Aquí va:
1. La escolarización (y lo menciono porque hace un par de noches en los brazos de Morfeo me encontré con la escuela de mis sueños -que no sabía que tenía, por demás). Cuando Irene no había nacido pensaba que todos los colegios eran más o menos buenos: con que enseñaran las competencias básicas y tuvieran y promovieran un modelo de vida similar al de los papás (que garantizara amiguitos con valores semejantes), bastaba. A fin de cuentas -me decía- si todos enseñan lo mismo y eso a la vuelta de la esquina, en los años mozos, casi seguro se olvidará (a mí que no me pregunten nada ni de cálculo, ni de química, ni de física, ni de trigonometría… no sigo para evitarme más vergüenzas)…
Hoy estoy a años luz de ese criterio: me niego a tener a mi hija en un colegio religioso, para empezar (eso de “consejos doy que para mí no tengo”… ¡Buff!); no quiero modelos clásicos de enseñanza que la vean como un saco de conocimientos -no de pensamientos- para llenar, quiero un colegio que no parezca colegio (en el sentido clásico)… algo que estimule su pensamiento y su creatividad desde a cotidianidad, que fluya más al ritmo de su vida que al ritmo de los libros de textos, un espacio donde se formen seres humanos no genios (casi ninguno hace lo segundo, pero persisten en que sí y fallecen -y aniquilan una buena parte de la vida y la alegría de los peques- en el intento), un colegio que le permita desarrollar competencias básicas -sí- que despierten su curiosidad por todo y la motiven a indagar más, un colegio en el que leer no sea un deber sino un gusto y en el que jugar sea tan importante como discutir y charlar. No veía problema con que llevaran uniformes, hoy valoro que les permitan tener su identidad…
Y así con otro par de cosas. No sé si ese espacio existe, pero sí sé que ahora que veo a mis sobrinos salir con maletas llenas de libros -textos que se quedan a menos de medio camino (total bolsillo) al final del curso, además- para pasar un par de horas diarias montados en un bus que los lleve a su destino (casa-colegio-casa), sin respetar ritmos de comidas, espacios de familia, bla, bla, bla; ahora que los veo volver a casa llenos de deberes sin tiempo para hacer alguna cosa más… Me lo pienso. Y sé que dicen que su colegio es bueno, que tienen amigos que quieren, que salen bien en las pruebas de conocimiento y unas cuantas cosas más, pero cada vez me parece más que no los miran individualmente, que los tratan como masa y que no estimulan criterios o pensamientos.
Ni qué decir de las guarderías. Lo resumo citándome a mi misma: antes pensaba que era normal escolarizar a un pequeño de un año o un año y medio; hoy pienso que las guarderías no son obligatorias, que siempre será mejor si un pequeño puede estar en casa con mamá y/o papá y que si puede ir directamente de su casa al colegio (a sus cuatro o cinco años), sería maravilloso. Y ya. Ah, partiendo, sí, de que en casa tenga atención personalizada y amorosa todo el tiempo, para aprender a amar, respetar y estar con los demás.
En resumen, cada vez mi escuelita de los sueños se parece más a una no escuelita. Unschoolling-homeschooling, ¿quizás?
2. La crianza. Había oído de lejos hablar de la crianza con apego, pero no entendía de qué se trataba hasta que vi la carita de mi pequeña y sentí que no podía enseñarle con golpes, con amenazas, con miedo. Yo crecí en un mundo en el que los adultos eran los que hablaban y decidían. Los niños, por su parte, debían adaptarse a ellos. Ahora pienso que la disciplina es posible, pero desde el amor; creo que de nada sirve “enseñar” con golpes… y que aunque parezca más difícil (y que hay edades que complicarán el cuento) los niños son siempre interlocutores y maestros: si nos permitimos estar con empatía y con respeto con ellos es mucho lo que aprendemos. Los no y los “lo digo yo” ya no los entiendo (me dan miedo).
3. Las comidas y el sueño. Tantos años de vivir en una sociedad que ignora en buena parte las necesidades de sus chiquitos para imponerle lo que la ciencia dice que debe hacerse con ellos -tantos años de vivir de espaldas a la naturaleza, con necesidades creadas por el mercado y no por ella- me hicieron “apagar cerebro” y no pensar. Creía, así, que lo natural (y lo mejor, sin duda) era la leche artificial, que a los niños había que enseñarles a dormir (aunque fuera con lágrimas), que los niños debían comer en cualquier caso y bla, bla, bla. Y no es que pensara en todo ello a rajatabla, sino que me parecía normal.
Nació Irene y me di cuenta de que lo natural era la leche materna, a demanda y por todo el tiempo que ella quisiera (cuando me hablaron de lactancia exclusiva por seis meses llegué a pensar -despistada- que a los seis meses el bebé empezaba a comer de todo y se acaba lo demás), que dormir era un acto natural, un proceso (con sus propios ritmos en un pequeño) y que si un niño lloraba era porque quería ser atendido. También entendí que nadie come a la fuerza y que si un chiquito no quiere más, NO quiere más. Su estómago no es tan grande como el nuestro y su cerebro no tiene vicios que nosotros sí tenemos (que nos dicen, por ejemplo, que las harinas engordan o que las calorías bla, bla, bla).
Podría seguir con más cosas, pero esto ya se hizo largo. Concluí, en cualquier caso, que no es lo mismo ser tía que ser mamá y que lo segundo es muchísimo más divertido (al menos en términos del tiempo que pasas y aprendes con los chiquitos). Sé que ni todos los tíos ni todos los mamás y papás somos iguales, pero sé también que no es lo mismo vivir que oír contar. Le doy gracias nuestra chiquita por todo lo que nos ha enseñado y le pido a mis sobris que me perdonen tanta bestialidad mental. [Gracias también a todos nuestros tíos y tías. Con todo y su mirada periférica, es grato que alguien nos mire desde afuera. Y nos apapache y ]alcahuete.
Si yo estoy bien, tú estás bien
Parece título para un libro de superación personal, pero es una verdad sin discusión en casa: si nosotros estamos bien, nuestra pequeña hija también. Y eso vale no sólo para lo básico de los libros contables (comida, alimento, vestuario,…), sino -y sobre todo- para lo emocional. He dicho en otras ocasiones que un niño sólo necesita a sus papás. Ahora añado que sería bueno que tuviera unos papás amorosos, contentos, tranquilos, pacientes, relajados. La suma, sin duda, da un niño amoroso, contento, tranquilo, paciente -puede que no de inmediato, pero seguramente en un término más corto que el de un chiquitín con un papá estresado. No es que sea fácil, pero si lo tenemos en mente es muy probable que empecemos a experimentarlo.

Imagen tomada de El rincón favorito de mi escuela.
Y añado que es un tema comprobado en situaciones extremas, como 12 horas de viaje en coche (grgr), la espera en medio de un calor sofocante (o de un frío espacial y temporal poco amigable, como el de la sala de espera de unas urgencias pedriátricas), bla, bla, bla. Podría pensarse incluso que desde la perspectiva de los padres el binomio sería contrario (así como aquello de que “el orden de los factores no altera el resultado”: si tú estás bien, yo estoy bien), pero esa es una verdad a medias porque creo que el adulto de la fórmula es el que está en capacidad emocional de guiar sus emociones y lograr encontrar un equilibrio en ellas. ¿Si le dejamos esa tarea a los chiquitos, sin un modelo fiable, creen que “naturalmente” lo logrará? Lo dudo.
Así que sin alargar historias concluyo una verdad de perogrullo en casa: si nos permitimos disfrutar feliz y amorosamente de y con Irene (con paciencia, comprensión, felicidad, tranquilidad, amor -inserte aquí todas las emociones que considere que le ayuden a mantener su bienestar-), Irene disfrutará feliz y amorosamente de y con nosotros. “Si yo estoy bien, tú estás bien”.
Sé que suena más simple de lo que es en la realidad, pero los resultados valen el esfuerzo. (A fin de cuentas, no es gratuito eso de que digan que padres e hijos están conectados, ¿verdad?)
[Por cierto, dejo una entrada de Armando, de Bebés y más, a la que llegué por azar buscando una imagen para esta entrada. Habla de la empatía que existe naturalmente entre un hijo y sus papás. ¿Casualidad?]
Encamados: 40 días para ir más lento, vivir, pensar y disfrutar
Y ojalá fueran más de 40… toda la vida debería vivirse a un ritmo lento, natural. Algunos dirán que los días también tienen allegros y movimientos rápidos y no lo niego, pero sí creo que aceleramos nuestra vida más de la cuenta. Por eso me he sentido encantada (y encamada) con la propuesta de esta pareja madrileña -encamada por un mundo slow. Vivir la vida a otro ritmo es posible, ¿no?
Camy e Iván se han tirado 40 días en su cama para disfrutar y reivindicar el derecho a vivir una vida pausada. Cada día, con el auspicio de una marca de colchones -qué más da- que ya había hecho un video precioso sobre el parto en casa), tienen invitados en su casa (bueno, en su cama), con los que comparten experiencias y maneras que apunten a ese ritmo slow. Tienen un blog (interesantísimo) sobre sus viviencias, un portal precioso donde pueden encontrar los videos (también pueden verse en Youtube) sobre todos los encuentros que han tenido hasta el momento y una invitación abierta (y siempre válida) para andar más despacio y disfrutar un poco más de nuestras vidas. Queda una semana para echarnos a la cama para charlar con ellos. Por lo pronto, dejo una de esas conversadas, deliciosas, sobre el parto respetado y la maternidad.
(Ah, y el link sorpresa (porque ha sido todo un regalo) me lo encontré en Bebés y más.)
¿Nos cambia la vida ser papás?
Más de uno dirá que la respuesta es obvia. Sin embargo, los detalles que expliquen cómo puede cambiarnos la vida y la percepción que tenemos de ella la llegada de un bebé son los que merece la pena pensar. Hace unas semanas tuvimos el gusto de encontrarnos con un par de padres recientes, amigos de buena parte de nuestras vidas y -aunque los cambios saltan a la vista- no parábamos de hablar sobre cómo felizmente se cambia al ser papás. Doy puntadas a algunas reflexiones, segura de que si estos son los cambios que experimentamos con 20 meses de paternidad, la nuestra será una historia interminable -tan fantástica como la de Ende
.
Y sé que no soy la única que piensa de este modo. Es más, hace un par de meses circularon en más de 60 blogs respuestas a la iniciativa “10 cosas que he aprendido de mi hijo” de la web Amor maternal. Nosotros no participamos entonces (en parte, porque cada una de las respuestas que leí me parecían válidas. ¡Es difícil reducir a 10 los aprendizajes recibidos de Irene! Si empiezo a enumerarlos creo no podría acabar).
Hoy no voy a hacer un listado (con la mala reputación que tengo por entradas kilométricas, más de uno no sabrá si suspirar de alivio o temblar. Jajjaja). En su lugar quiero compartir una reflexión que incluí hace algunos días en un comentario de Bebés y más, a propósito de los pañales de tela. Y quiero traerlo acá porque sólo entonces verbalicé una transformación en nosotros (como individuos, pero también como familia) que ha surgido casi espontánea y naturalmente, y que nos obliga a dejar de pensar de manera individual para comenzar a pensar -ahora sí no sólo en el discurso sino también en la práctica- en los demás. Decía mi comentario:
“Nuestra experiencia con los pañales de tela ha sido fundamental, pues no sólo ha sido gratificante en términos de salud, economía y comodidad [...]. Usar pañales de tela ha cambiado radicalmente nuestros hábitos (especialmente los de consumo), haciéndonos más conscientes de la basura que generamos, de la importancia de reutilizar (no sólo los pañales), de evitar el contacto con químicos (hasta huerta orgánica hemos sembrado) y de vivir con menos cosas y con más felicidad (así llamamos una serie en nuestro blog donde compartimos experiencias relacionadas con esos hábitos).”
“Sin duda la sola experiencia de ser papás nos ha “tocado”, pero también estoy segura de que el habernos permitido pensar un par de veces en los productos que consumiríamos para la crianza de nuestra hija (no usamos shampoo sino miel, con maravillosos resultados; no limpiamos la casa con detergentes sino con vinagre, para decir más, evitamos comprar alimentos procesados, la mayor parte de nuestras compras son de productos orgánicos, etc, etc, etc.) nos ha enriquecido literalmente mucho más: la vida, la alimentación, el bolsillo… Quizás por ello no es gratuito que la entrada en la que compartimos la llegada de los pañales de tela a casa sea una de la que más visitas tiene de nuestro blog. Creo que muchos papás empiezan a considerar otras opciones. Y me encanta. Sin duda diría que es una opción en la que vale la pena -y mucho- pensar.
“
Sé que estas palabras leídas aisladamente hablan sólo de hábitos de consumo, pero mientras las escribía me daba cuenta de que revelan una realidad exterior e interior que va mucho más allá. Siempre me he visto a mí misma como una mujer sensible pero eminentemente práctica (de esas que necesitan concretar ideas y emociones en su cotidianidad… convertir lo abstracto en algo tangible, por decirlo de alguna manera. No siempre lo logro, pero se intenta :S). Quizás por ello, la existencia de Irene significa desde el comienzo un renacer constante que nos exigue reinventarnos por dentro y por fuera, con acciones como las que ya conocen (sí, esas prácticas que hablan de huerta, no plástico, pañales de tela, no químicos y otras cosas) y con reflexiones como las que escribo cada tanto bajo la categoría de Maternidad (que somos más vulnerables, que nacemos y crecemos con los hijos cuando somos papás, que cada día es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos inagotables, que no se necesitan muchas cosas para criar a un niño -un niño, de hecho, sólo necesita a sus papás-, que no hay amor más puro que el que se siente por un hijo, que la maternidad nos hace más sensibles y otra lista larga que no menciono para acortar.
No sé si a todo mundo le pase, pero la llegada de Irene en nuestras vidas nos hizo darnos cuenta de que apenas comenzaba nuestra vida. Y creo que sin importar qué tanto hayas hecho ni cuántas personas o lugares hayas conocido, cuando te conviertes en papá la vida no te regala un hijo: te regala una nueva vida (la tuya, en principio) para ser feliz y aprender -mucho más en serio- a amar.
[Y esto es sólo el comienzo. Los dejo con Atreyu -y esa canción inolvidable... Ahhh.]
Menos cosas, más felicidad: Simplificar la paternidad
Hace algunas semanas, Adriana, una mamá también bloggera, me recomendó la lectura de Simplicity Parenting, un libro que propone criar niños más tranquilos, felices y seguros usando la lógica de menos es más. Me atrevo a escribir al respecto a partir de nuestra corta pero extraordinaria experiencia, pues los cambios que he visto hasta ahora (sólo con su prólogo) en Irene y nosotros mismos son significativos. Tengo pendiente la tarea de leer el libro, pero creo que es válido plantear algunas reflexiones sobre cómo concentrarnos más en ser que en hacer, y lograr, a partir de ello, menos tensiones y estrés alrededor de los niños y sus papás.
La lógica es simple: todo lo que necesita un niño es la atención y el amor de sus papás. Las posesiones (juguetes, ropa, gadgets,…) y la variedad de actividades que lo rodeen son apenas parte de la escenografía. La historia -es decir, los personajes- son lo único realmente importante. Así, ser se antepone a hacer y experimentar gobierna sobre acumular. Mientras más simplifiquemos las rutinas de nuestros pequeños y disminuyamos los objetos disponibles para ellos, más paz y menos ansiedad traeremos a nuestra casa y, con ello, disfrutaremos más de nuestra mater-paternidad.
Kim John Payne and Lisa M. Ross, autores de Simplicity Parenting, dicen que tener momentos de calma (creativa y relajada) es una forma de profundizar en nuestra sustancia como seres humanos. Esto es válido para todas las edades, pues permite la construcción de emociones y relaciones con nosotros mismos y con los demás. Las pausas de “ser” por encima de los bloques de “hacer” nutren el espíritu, brindando confianza y tranquilidad.
¿Y cómo se logra eso con los chiquitos? Del mismo modo que logramos relajarnos cuando nos sentamos a “hacer nada” con un buen amigo: una taza de café (el contenido es lo de menos) acompañada de una buena charla que no siente pasar el tiempo equivale a estar una tarde con el pequeño, ambos tirados en la cama o en el suelo, haciéndose cosquillas, jugando con una pierna al caballito, o a sentarse en una hamaca a mirar el paisaje y dejar que el chiquitín juegue con la tapa de una botella quitándola y poniéndola sin importar cuánto tiempo pase y qué haga o qué aprenda mientras tanto. Ser por encima de hacer e incluso, en muchos casos, de estar (sin confundir ese ser con un convertirse en un “papá helicóptero“, permisivo y desconfiado de sí mismo y de sus hijos):
This book should give you many ideas on how to reclaim such intervals, how to establish for your children islands of “being” in the torrent of constant doing. [...] that simplification is often about “doing” less, and trusting more. Trusting that—if they have the time and security— children will explore their worlds in the way, and at the pace, that works best for them.
Quizás si tratamos de recordar nuestras vivencias más gratas, notaremos que tienen en común la evocación de una emoción más que de un objeto y, muy probablemente, la compañía de -y el sentimiento inherente a- alguien más. Confiar y dejar hacer son parte de las fórmulas propuestas. Tal vez, incluso, no hace falta leer un texto o un blog para entenderlo: basta con dejar fluir el tiempo, pensar menos en un “deber ser” (tan occidental) y más en un “querer estar”.
Cierro, para no hacer largo el cuento, con la referencia a un texto simple y grato de Claire K. Niala, una osteópata africana, mamá educada en Inglaterra con una valiosa experiencia multicultural. En él intenta explicar por qué los niños africanos no lloran, mientras los occidentales parecen llegar al mundo con un sino lacrimoso y fatal. Dice que el secreto es “una simbiosis constituida para satisfacer las necesidades” del pequeño, que en castellano simple plantea la predisposición natural de los padres a adaptarse a las necesidades del niño y a “una total suspensión de la idea de lo que debería haber sido”. En su lugar, se acepta, “sin condiciones”, lo que está sucediendo: se es y se está. No más.
Podría escribir mucho más a este respecto, pero creo que cada experiencia es válida. Por mi parte, confirmo que desde que intento relajarme y permitirme estar más a la altura de Irene (disponible para ella sin leer, pensar o hacer “mis cosas” al tiempo. Ahora reservo un espacio solito para mí para ello), mi chiquita ha estado tranquilísima y feliz de que estar con mamá y papá. Y no soy la única a la que le pasa: les recomiendo, si quieren ver más, una visita a otras experiencias, en las casitas de Nature Moms, Maxylola y Noble Mother.
(Ah, y son bienvenidas otras ideas y experiencias.)
PD: Repito foto. Ya no sé de cuándo. Hoy Irene cumple 18 meses. El tiempo vuela y mi chiquita cada día está más sonriente y conversadora. ¿Se puede amar más? Sí, siempre. ¡Feliz año y medio de vida, princesa!
Cuando nace un hijo también nace un papá: más reflexiones sobre la maternidad
Estos últimos días han sido intensos en cuestionamientos. Y aunque quisiera escribir una entrada de cada uno de ellos, siento que si no escribo pronto al respecto corro el riesgo de que se enfríen nuestras emociones en la cotidianidad. Así que, con el perdón de todos, me atrevo a hacer una mezcla de todo que da cuenta de lo que muchos ya saben: cuando nace un hijo nace un papá. Y nosotros tampoco dejamos de crecer en este arte de la maternidad.
Y enumero para facilitar lectura y avance:
1. El domingo, en paseo de campo, recordamos de una manera dolorosa lo frágil que es la vida y lo absurdo que es -a veces- su final. Luego de almorzar, caminamos al borde de una carretera hacia una venta de dulces. Nos reíamos con la pequeña y veíamos a lo lejos un perrito pequeño que nos había visitado alegre y saltarín durante el almuerzo. Irene, por supuesto, había celebrado su aparición recurrente con sonrisas, ladridos, señitas del dedo… Ya se imaginarán lo que pasó: un coche, a una velocidad mínima, lo atropelló con una de sus llantas traseras. Papá y mamá lo vieron todo. La pequeña, en brazos, no se dio cuenta de nada. Se nos rompió el alma. Yo le entregué a Irene al padre, angustiada, para correr al lado del caniche y decirle al conductor -igualmene acongojado- dónde había una veterinaria cerca. No hubo tiempo de nada: al llegar, el hombre acariciaba con dolor la frente del perrito mientras éste movía agitadamente una de sus manitas delanteras. Apenas alcancé a decir que lo llevará, por favor, a una veterinaria: el peludito detuvo su movimiento con los ojos abiertos. “Ya no hay tiempo”. Me devolví inmediatamente con el corazón destrozado. Mantuve la calma, pero tomé a Irene en mis brazos recordando con la escena que el tiempo que tenemos es prestado (y no me alargo porque me duele recordar. Espero que haya un cielo también para ellos. Descansa, feliz, perrito hermoso).
2. El lunes en la noche, mi amorcito y yo vimos una película en casa que nos conmovió mucho. Su título: Contracorriente, una cinta (ganadora, por cierto, del premio del público en el Sundance Film Festival del 2010) que cuenta la historia de un amor profundísimo y escandaloso para algunos porque traspasa las fronteras del género. Sentí -a pesar de las limitaciones de la historia- que es absurdo pensar en condicionantes sociales, de esos que dicen, por ejemplo, que un hombre sólo puede amar a una mujer y viceversa. Y cuando digo amar me refiero a AMAR, con el espíritu y con el cuerpo, no con uno de los dos solamente; amar de manera íntegra, siendo capaz, incluso, de despojarse del otro y de uno mismo un poco y de aceptarse y aceptarnos (sobretodo). No sé si puedan encontrarla fácil, pero es una película que recomiendo (y dejo el trailer a manera de abrebocas y la canción final, también conmovedora).
3. Parte de nuestras vacaciones las pasamos en un típico paraje colombiano, más caserío que cualquier cosa: sin autoridades, sin transporte público, sin recursos (de inversión, el paraje, por supuesto, es de una riqueza natural exuberante). Teníamos apenas lo básico, que era mucho más de lo que tenían los lugareños. Y pensé mucho en lo absurdo que resulta -de verdad- hablar de vida sencilla entre nosotros. Y aclaro que con ello no echo al traste todo lo comentado en este espacio; por el contrario sigo considerando que es valioso tratar de minimizar nuestros consumos e intentar hacer sostenible nuestro paso por este cosmos, pero la experiencia sí me sirvió para pensar que eso que para nosotros es optativo y sigue estando plagado de comodidades, es en otros una realidad incuestionable. Una parte de mí quisiera aprender a vivir así, mientras otra piensa que debo agradecer todos los días las condiciones que tenemos de vida (en lo material, en lo espiritual), disfrutándolas y proyectándolas respetuosamente entre quienes nos rodean. Este solo tema da para hablar mucho más, pero no lo hago para no copar el espacio. Lo quedo debiendo. Debo aprender a vivir de un modo más sencillo, realmente, o, mejor, quiero aprender a disfrutar más la vida aunque los recursos que nos rodeen sean pocos. Hacerlo es más coherente con la realidad que nos circunda. Propósito para el 2011 y los siguientes. :S
4. En el mismo contexto del punto anterior estuve leyendo No hay silencio que no termine, el libro en el que Íngrid Betancourt relata su secuestro. Hablar de él es complejo porque es un personaje político de talla internacional muy cuestionado en mi país e incluso en Francia. Yo misma, que viví buena parte de su secuestro en el extranjero, me harté un poco de ella. Hoy me arrepiento, no por leer su libro sino por reconocer con el paso del tiempo que gracias a ella se hicieron visibles muchas otras víctimas -menores para gobiernos anteriores de nuestro país- condenadas al olvido. Sobre Íngrid tendría mucho que decir (como que fue criticada absurdamente en Colombia tras presentar una demanda contra el Estado por su secuestro. Sé que es un tema candente, pero me parece válido que lo haya hecho porque entiendo en ese gesto no un intento de obtener dinero -como se hizo pensar- sino un señalamiento real que no entiende la mayor parte de los colombianos: que el Estado está constitucionalmente obligado a proteger a sus ciudadanos, incluso aunque estos no lo deseen. Pero, por supuesto, cuando la mayor parte de lugares de este país se encuentra -como nuestro paraje vacacional- si acaso al amparo de un Dios supremo, sin ley ni Estado real, es difícil que exista conciencia de esa obligación estatal. Por el contrario, se considera “traidora” a quien lo señala -por efectos de una campaña mediática que hubiera sido muy distinta si Íngrid al salir de su cautiverio no hubiera salido inmediatamente a Francia y se hubiera quedado en cambio en este país dando declaraciones obnubiladas a favor del Gobierno de turno, sirviendo todos los días de trofeo, como si no fuera obligación del Ejército y sus mandatarios trabajar por su seguridad, pues para algo debe servir ese 17% del presupuesto nacional que se les entrega en detrimento de la inversión social). En fin. Pienso que su libro es una radiografía de humanidad que trasciende el relato; siento que sus palabras hacen manifiesta una realidad (no sólo de la guerrilla colombiana y de sus secuestrados) que con frecuencia olvidamos: que lo importante en la vida no son el dinero, el trabajo o los reconocimientos públicos, que lo que le da sentido a la existencia son las personas y nuestro acercamiento a ellas, la familia, los hijos, la humanidad… No he terminado el texto, pero estas reflexiones las agradezco ya.
Dejo aquí aunque todavía no acabo con nuestras mil y una emociones intensas (he dicho que ser madre dispara la sensibilidad). Ya se ha hecho largo. En resumen, cada día confirmo más que al lado de un hijo nacemos y crecemos nosotros, más atentos, más humanos, más frágiles y más conscientes del peso que tiene nuestra existencia. Todos lo vivimos de un modo distinto (algunos, a lo mejor, casi ni se dan cuenta), pero cada caso es válido. Hoy le doy gracias a nuestra hija por permitirme recordar que soy un ser inacabado, sensible e imperfecto, y por darme razones para no quedarme ni un segundo estático. Y le doy gracias a mi sol compañero, luz en las vidas de Irene y mía. Que sigan llegando los cuestionamientos. Me gusta sentirme humano.
La vida empieza hoy
Ayer, luego de dejar a nuestra chiquita profundamente dormida en la noche, sentí que era increíble que apenas hubieran pasado un poco más de quince meses desde su nacimiento. Se lo dije a mi amorcito, su padre, y asintió. Cada día a su lado ha sido un nuevo descubrimiento (en todo el rigor del término) y son tantas las cosas que pasan en tan pocos meses, son tantos los cambios y los progresos que el asombro no se compagina con el razón.
Ahora siento más que nunca cuán válida es la apreciación de que los primeros años en la vida de una persona son fundamentales para el resto de su existencia: ¿o qué más puede pensarse cuando descubrimos que en un poco más de un año una personita que apenas abría los ojos y se movía enrolladita, ahora camine, corra, decida (diciendo sí y no con la cabeza), señale con un dedito lo que quiere, reconozca a las personas que tiene a su lado, coja una cuchara y se la pueda llevar a la boca con comida, se ría con nosotros, nos dé besos y nos abrace o pida -como algo natural- que la llevemos al parque, reconociendo e imitando animales o diciendo “awua” cuando encuentra sobre el pasto restos de lluvia?
Luego de que Irene durmiera plácidamente (ahora cayendo en los brazos de Morfeo solita, después de su última toma de pecho, mirando a mamá acompañarla mientras sus párpados se cierran), decidimos ver una película… y la elección fue un gran descubrimiento que aún recuerdo hoy. Al verla pasamos un rato maravilloso porque nos dimos cuenta de que también desde el otro lado, a esa edad en la que -dicen- se aproxima el final de todos, también empieza la vida, con intensidad, con amor y con un cúmulo infinito de sensaciones.
La cinta se llama igual que este post (y tiene su página web aquí) y es una recomendación que hago sin falta porque aparte de la limpieza de sus imágenes, del estupendo trabajo actoral y de la maravillosa caracterización de los personajes, tiene un gran guión (que promocionan como comedia aunque, a mi juicio, no es tal). Es una historia llena de vida y sensibilidad. Dura hora y media, pero regala más que eso. La vimos en esta página por casualidad. Veánla en cine o en ese link. Creo que no se arrepentirán.
(Y sí, tengamos la edad que tengamos, la vida -siempre intensísima- empieza hoy.)
Los mejores besos
Sin duda, la mejor y mayor concreción del amor son los hijos. Sólo cuando se tienen se siente (no digo se entiende porque expresarlo con palabras -es decir, racionalmente- cuesta muchísimo) lo grande y pequeño que es al mismo tiempo el mundo y lo infinito que es el amor. Irene nos besa desde hace algunas semanas. Y no lo hace como solemos hacerlo los adultos, con un eco sonoro aprendido… No. Lo hace espontáneamente, acercando su carita a la nuestra, con su boquita abierta.
Nadie le enseñó nadie le dijo; aprendió solita de vernos a nosotros. Al principio, pensaba que estaba jugando con sus dientes, que quería ensayarlos con nosotros. Pero no. Su carita se acerca delicadamente, posa su boquita abierta en nosotros (de la cara pasa al cuello, al hombro, al pelo) y se detiene, como un rito. Son besos de amor. Y siento otra vez el infinito. Una y otra vez.
(Y es el principio)
Gracias, mi corazón.

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