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¡Volvimos! (justo para celebrar tu primer añito, corazón)
Y llegamos llenos de ilusiones, recuerdos y sonrisas; llenos de alegría y amor. Celebramos la vida, Irene, tu vida… y la nuestra, multiplicada ad infinitum por la tuya. Iniciamos un nuevo ciclo, pleno de historias y experiencias.
¡Feliz cumpleaños, chiquita!
Pacífica.
PD: Y volvemos también a las casitas amigas. Perdonen las ausencias…
“Guau”
A propósito de nuestra peque y los animalitos, dejo una evidencia de lo dicho. Y aclaro: no hace como perro. Lo busca y lo llama (a él, al gallo, al pájaro, al gato…). Un regalo para el espíritu y para el corazón.
[Aviso: Recuerdo las políticas de nuestra casita, de no videos ni fotos de la chiquita. Hago un paréntesis temporal hoy, hasta el lunes próximo, para esta otra gran familia. A partir de entonces, habrá video con audio pero sin imágenes.
]
La vida sin televisión (Update)
Hace casi cinco años erradicamos de nuestra vida la televisión. Y aunque nunca fuimos adictos a ella, sólo hasta ese momento nos dimos cuenta de la cantidad de vida que perdíamos en frente suyo y de la calidad de vida que ganábamos sin verla. Hoy, después de muchas caras asombradas, protestas y hasta miradas maliciosas de vecinos, mantenemos felices nuestra decisión, con la conciencia de que aquello de que “es necesario verla” (para estar informado, dicen, para relajarse, para no vivir en otro planeta y un largo etcétera) es falso. Con el nacimiento de Irene, los comentarios regresan (“para que sepa de qué va el mundo, para que no se sienta una extraña con otros niños”, bla, bla…), pero sabemos el espacio ganado y creemos que es mucho más lo que le aporta a su vida y a la nuestra vivir sin esa caja de pocas sorpresas. No quiero sonar drástica, pero creo que el mundo sería otro si más personas prescindieran de la televisión.

Foto: snostein/Flickr
Un poco de azar y un poco de decisión sacaron de nuestra vida la televisión. En una mudanza anterior, al llegar a la casa que ocuparíamos descubrimos que la única conexión de cable para el patoaparato estaba dentro del cuarto. Siempre me negué a tener una televisión dentro de la habitación (cualquiera) por considerarla un interruptor definitivo de la comunicación. La decisión, por tanto, fue simple: el fin de la televisión. Sin alternativas de un “pidamos conexión para otro lado” ni nada por el estilo, porque nuestro paso por ese espacio era transitorio y porque no sentíamos la necesidad apremiante de tener el aparato encendido. Cual mueble más de la casa, el televisor pasó a ser casi decorativo, excepto algunas ocasiones en las que lo usábamos para ver una que otra película (afición poco común entre mi niño y yo). Con el paso del tiempo y de la tecnología, hoy usamos más el computador para esto último y relagamos a un “ningún lugar” de la casa el televisor.
Lo sorprendente fue que al mismo tiempo que abandonamos la programación televisiva empezamos a descubrir espacios en nuestra vida que mejoraron sustancialmente nuestra cotidianidad y nuestra comunicación (y debo decir que no era para nada mala, de antemano): comenzamos a salir a pasear con más frecuencia (casi diariamente), a leer muchísimo más que antes (rotando libros que siempre habían estado esperando que los miráramos después de comprarlos), cocinamos juntos tomando un vino y charlando; pasamos más tiempo fuera de casa que dentro, hacemos deporte (yo a veces, mi amorcito siempre), tomamos fotos, viajamos… Y ahora con la peque, disfrutamos del clima tropical y del parque a diario, jugamos muchísimo en casa, leemos cuentos, caminamos, cantamos, hablamos… En resumen, saboreamos profundamente la vida y estrechamos inmensamente nuestros lazos.
Y aclaro que no creo que éste sea el único camino para hacerlo, pero sí que pienso que cuando se tiene un televisor encendido en casa este tipo de escenarios comunes comienzan a diluirse por el poder increíble de absorción que tiene el televisor. No sé si han hecho el ejercicio, pero nosotros sí: basta con tener encendido en frente de alguien la televisión para ver cómo (a nosotros mismos nos pasa) resulta inevitable clavar la mirada en ella y, por tanto, termina siendo imposible sostener ninguna conversación (fluída y atenta, al menos). Si a eso se le suma que la programación disponible es poco menos que mala y que fácilmente se pasan horas y horas y horas esperando a que empiece el programa que me gusta (que, claro, entretiene, pero difícilmente suele cambiarle a uno la vida), pues la conclusión es sencilla: es mejor prescindir de la televisión.
Añado, además, que no es gratuita la tendencia que hay de pasar un poco del televisor para clavarse en el ordenador (próxima meta: quiero dejar de usarlo al menos cuatro días a la semana. Es que creo que es mejor la vida real que la vida en pantalla), o la de una televisión “a la carta”, como sucede ahora en buena parte de EEUU, en la que la programación la establece el espectador. Ambas indican que los tiempos en los que otro decidía qué veíamos (en qué orden, a qué horas, etcétera) empiezan a verse relegados. Aún en esos casos, insisto, me gusta más vivir sin televisión.
¿Y eso afecta en algo a la chiquita?
Creo que sí, pero no sé si la afectación sea tangible ahora… lo que sí sé es que será muchísimo más palpable en el futuro, que es cuando los niños suelen engancharse más a la televisión. Hasta aquí, Irene es (no sé si sólo por falta de pantallas o por temperamento) una niña sociable, tranquila, amable. Y muy activa: he hecho el ejercicio un par de veces de sentarla frente al computador y ponerle un video o una película… y me he dado cuenta de que se anestesia igual que todos. Por ello, comparto feliz y firme nuestra experiencia. Prefiero ver las películas en cine (aunque ahora debamos verlas en casa porque no podemos salir dejando a la pequeña). Y me encantan (pero las buenas). Cuando hay un documental o un video que me interesa, casi siempre lo encuentro disponible en Google Video, Youtube, Dailymotion, Megavideo, Vimeo o cualquiera de ese tipo de servicios de video online), así que eso tampoco es una pérdida… es más, termina también siendo ganancia porque puedo verlo sin cortes de comerciales, deteniéndolo cuando quiera y compartiéndolo, incluso, si quiero, en espacios como éste). En fin. Prefiero la vida en tres y más dimensiones. Y lo recomiendo a ojo cerrado. Se puede y es maravilloso vivir sin televisión.
El mundo sigue siendo el mejor ocio.
(Y no somos los únicos: Maxylola, RinzeWind, Guachapeli, Juan Antonio González Fuentes y muchos más que no sigo buscando porque ya es suficiente. Lo curioso (y común) es que casi todos terminaron viviendo sin ella un poco por azar, como nosotros. Creo que estamos tan acostumbrados y familiarizados -¡¡¡algunos incluso la tienen en el cuarto!!!- que se nos olvida que puede no estar.
Ah, y creo, seriamente, que se está mejor informado cuando se lee prensa o se oye radio. La televisión suele dar las noticias tan superficialmente… En fin.)
UPDATE: Se me había olvidado pegar una tira cómica de Magola, publicada hace como 2 semanas en El Espectador, justo cuando andaba con este tema en la cabeza. La sacaron muy a propósito de las Elecciones Presidenciales en Colombia. Se vale por sí misma, ¿no?
Autor: Nani
De nuevo en casa: ¡Qué rico viajar!
Pasó Semana Santa y con ella una pequeña escapada en familia para descansar. Esta vez el escenario fue totalmente distinto a nuestros destinos anteriores con Irene: verde, rupestre y MUY tropical. Ella confirmó -cuando menos hasta ahora- que todos los escenarios, climas y tiempos son de su agrado: no hubo trasnochos ni desvelos por los cantos de los perros, los gallos, los grillos, las vacas, los sapos, los caballos… Tampoco hubo quejas por el calor o los mosquitos. Por el contrario, hubo, sí, muchas risas por la amplia y novedosa variedad de ruidos y una chiquita cada día más despierta. ¿Conclusiones? Las mismas de nuestras anteriores escapadas: los niños son totalmente adaptables y disfrutan, si lo hacen también sus padres, con los cambios y los retos de los viajes.
Como la más pura campechana, Irene gozó con nuestro verde montañoso y tropical. Un destino para regresar.
Ahora sí, ¡Irene a la piscina!
Hace una semana, el sábado para ser más exactos, Irene asistió por primera vez a natación. Aunque ya había estado regodeándose en una gran tina (que bien podría ser su piscinita personal), ésta fue formalmente su primera zamullida en una piscina. Pataleó, gozó, observó atentamente a otros niños y experimentó algo que sin duda vendrá para ella en el futuro: su primera clase de natación.
Y hay conclusiones: después de chapucear felizmente con su padre, confirmamos que los peques son esponjitas que sienten nuestra tranquilidad y nuestro miedo (y nuestra rabia y nuestro dolor, aunque eso no viene al cuento, así como nuestra felicidad y nuestro amor, que sí queremos que sean constantes… me voy yendo lejos, vuelvo). Y confirmamos también que, como suele ocurrir en estas nuevas tareas de ser padres, los aprendices somos nosotros: debemos ser menos sobreprotectores, sí cuidadosos, y confiar en las capacidades de nuestros pequeños y del entorno en el que nos movemos. Con una buena guía (un buen profesor), buena información y las medidas necesarias, la experiencia en el agua puede ser gratificante para todos. No sé si continuemos ahora mismo por asunto de horarios, pero es definitivo que queremos que nuestra chiquita aprenda a nadar pronto. Ama el agua y ese amor, seguro, es herencia de su padre. Así que ya les contaremos cómo avanzan estos periplos. Por lo pronto, deleítense como nosotros con nuestra s-irenita.




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